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La conquista del mercado del arte -el Pais-Visionarios-2016

Afincada en Holanda, la pintora española contemporánea más cotizada del mundo es casi una desconocida en su país. Hasta los 12 años no sabía leer ni escribir. Era pura calle. Su vida cambió cuando sus padres adoptivos la llevaron al Prado. MAMÁ, YO voy a ser artista”, le dijo Lita Cabellut a los 13 años a su madre adoptiva. Fue […]

La conquista del mercado del arte -el Pais-Visionarios-2016

Afincada en Holanda, la pintora española contemporánea más cotizada del mundo es casi una desconocida en su país. Hasta los 12 años no sabía leer ni escribir. Era pura calle. Su vida cambió cuando sus padres adoptivos la llevaron al Prado.

MAMÁ, YO voy a ser artista”, le dijo Lita Cabellut a los 13 años a su madre adoptiva. Fue frente a Las tres gracias, el famoso cuadro de Rubens colgado en el Museo del Prado. No dijo que quisiera serlo. Lo dio por hecho. Con el tiempo, se dio cuenta “de que, sin oficio, el artista es un búho ciego”. De que la repetición no es un tabú y el lápiz es implacable y hay que respetarlo, porque esas son las herramientas indispensables”. Comprendió “que la pasión sin control acaba siendo un desperdicio de talento”. Empezó en serio a los 19 años en la Rietveld Academie de Ámsterdam, donde llegó becada, pero la primera lección, la que nunca se olvida, se la dio un anciano pintor de El Masnou, en Barcelona. Un hombre que no le dejaba borrar y le obligaba a pensarlo bien antes de dibujar el primer trazo.

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Lita Cabellut “Terciopelo por fuera, lejía por dentro”

02 Oct 2016 Lita Cabellut “Terciopelo por fuera, lejía por dentro” Lita Cabellut nació en el Raval en 1961. Abandonada por su madre a los pocos meses vivió con su abuela logrando sobrevivir y aprender de la calle. Fue adoptada a los 13 años y descubrió el arte en una visita al Museo del Prado… Hoy […]

Lita Cabellut “Terciopelo por fuera, lejía por dentro”

02 Oct 2016

Lita Cabellut “Terciopelo por fuera, lejía por dentro”

Lita Cabellut nació en el Raval en 1961. Abandonada por su madre a los pocos meses vivió con su abuela logrando sobrevivir y aprender de la calle. Fue adoptada a los 13 años y descubrió el arte en una visita al Museo del Prado… Hoy es la segunda artista viva más cotizada de España y la 333ª del mundo según la lista desarrollada por Artprice.

Lita es muy consciente de la importancia de la educación artística en la infancia y no dudó en aceptar la invitación de Cristina Villegas, Artista y formadora, para participar en la Semana Internacional de la Educación Artística en 2017. Un evento apoyado por la Unesco y la Universidad de Santiago de Compostela que se desarrollará en diferentes colegios en los que los niños tendrán la suerte de disfrutar de esta gran artista.

Hablamos con Lita sobre la importancia del arte en el desarrollo del ser humano.

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Desde que eras una niña disfrutas del arte de una forma muy especial. Intenta describirnos tus sensaciones ante una obra de arte que te emociona ¿Sientes la genialidad, la inteligencia, la sensibilidad del autor de la obra?

-No podría describirte si es genialidad lo que percibes cuando una obra es extraordinaria. Es más bien un acercamiento a algo rotundamente verdadero. Yo creo que el arte es como un espejo, nos vemos reflejados en lo mas grande en nosotros. Eso es lo que yo siento; mi alma conmovida.

En una fotografía, tomada en un museo, hay un grupo de niños sentados, de espalda a una famosísima obra de Rembrandt, jugando con sus móviles ¿Cómo podemos potenciar o hacer que nazca su sensibilidadartística frente a la tecnología actual?ninos_ignorando_museo

– Hacer que el artista y la obra que representa tenga algo que ver con ellos. Invitarlos a la curiosidad. Un cuadro sin explicación, sin crear la empatía con el artista es simplemente una acumulación de manchas y de rostros ajenos.  Justamente el arte tiene el poder de la eternidad. Hay que usar eso. Actualizar el pasado con un hilo que nos conduzca a hoy.

¿Has logrado inculcar en tus hijos la lucha, la intensidad y la pasión artística que ha inspirado tu existencia?

-Ha sido irremediable. El arte, la lucha, mi vida es el mismo traje, la misma alegría y la misma duda. Mi vida no consiste en ser artista a ratitos. Es un estado de ser. De percibir el mundo, de querer y de transmitir esa necesidad de entender la belleza.

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En una conversación con un coleccionista nos comentaba que su sensibilidad hacía el arte le hacía mantenerse joven ¿Por qué crees que sentir el arte es importante para la felicidad del ser humano?

-La belleza produce un estado de ser eufórico.  Nos lleva a sentimientos que podemos ordenar y podemos trabajar. Aunque a veces sean dolorosos, el arte transforma recintos oscuros  en sentimientos maravillosos y mágicos. La magia del arte es poder desplazarse en diferentes mundos y tú los eliges. Lo podemos comparar con la meditación; nuestro cerebro y nuestros órganos se balancean con la belleza y eso tiene efecto inmediato en nuestro estado de ser.

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¿Crees que es importante que artistas de tu nivel colaboréis en la educación artística de los niños? ¿En tu caso, cómo colaboras, hemos leído que impulsas una Fundación?

-Absolutamente necesario. Sí, el fin de mi fundación es apoyar a que los niños obtengan conocimientos. Por ejemplo crear becas es uno de nuestros fines directos.  La educación es el principio de los valores humanos. Es la conciencia de nuestra ética. Es la libertad a nuestra inteligencia. Es el principio de una nación con lo que para el mundo es tan importante, la tolerancia.

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Has pasado de vender estrellas imaginarias en tu infancia a ser una artista muy cotizada. ¿Cuánto queda en ti de aquella niña? ¿Consideras  que es fundamental mantener la capacidad de sorpresa para un artista?

-Es tan cierta esta pregunta. Si perdiera en el camino a esa niña que vendía estrellas. Si no me sorprendiera cada vez que termino un cuadro. La duda de cómo ha podido salir esto de mis manos. El temor que mañana ya no sepa hacerlo. Si todo eso no me sobrecogiera, mis cuadros dejarían de conmover un alma ajena.

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¿En que momento sientes que pasas a ser una artista reconocida? ¿Cuando empiezas a sentir el gusto del triunfo después de un duro peregrinar en ese tortuoso sendero que ha sido tu vida?

-Te diré que el triunfo de un artista es muy diferente al de los atletas. Los dos corremos con todo nuestro ser a músculo abierto. La diferencia es que ellos se llevan a casa una copa o una medalla  y nosotros siempre nos quedamos en esa eterna duda, de que estamos muy cerca de entender de lo que realmente se trata y muy cerca de hacernos maestros, pero… todavía no. Quizás sea la razón por la que los artistas nos hacemos largos ancianos.

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¿Cómo impulsarías la compra de Arte por el conjunto de la población? ¿Crees que es importante convivir con el arte? ¿Cómo hacer posible que sea normal tener una obra de arte en el hogar?

Yo creo que convivir con el arte es necesario. Se deberían de crear espacios en barrios donde brindar la posibilidad de actividades artísticas. Cada barrio debería tener un centro de arte activo. Cada colegio debería tener la posibilidad usar esos centros. Pero no solamente para niños también  todo aquel que se le pueda despertar la curiosidad por el arte. Estoy convencida que eso sería el comienzo en muchísimos barrios de armonía, tolerancia y respeto.

Tu obra impacta y emociona ¿Por qué crees que tus creaciones llegan tan intensamente al corazón de la gente?

Tiene que ver con la ilusión de la empatía. Nos conmueve todo aquello que nos recuerda a nosotros o a gente que hemos conocido o querido. Yo intento pintar el ser humano de una manera universal. Son como unos espejos. El amor tiene los mismos ojos, el miedo los mismos perfiles. La estructura de nuestra piel nos descifra el estado de nuestras emociones. El dialogo de los cuerpos nos cuentan lo que las palabras no se atreverían a pronunciarlo. Todo eso intento pintar y compartirlo. Es lo que me mueve en esta vida. Es estar comprometida con lo que me rodea.

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¿En que momento vital te encuentras actualmente? ¿Hacía dónde sientes que vas a evolucionar?

El momento en el que estoy es fantástico. Tengo muchos años de experiencia, muchas horas trabajadas, soy maestra en mi oficio. Y ahora viene la parte mas divertida y excitante, donde el arte tiene toda las herramientas del oficio para crear. ¿Y que paisajes me esperan? Eso, es lo que es tan áspero y suave, tenemos que dejarnos llevar por el ritmo del proceso. El desarrollo de un artista es irremediable y querer influir sus pasos seria un suicidio artísticamente.

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¿Hay jóvenes creadores en nuestro país con calidad suficiente? ¿Cómo se podría potenciar su evolución?

-Y tanto, muchísimos. Dándoles apoyo, reconocimiento. Un artista de verdad con muy poca ayuda hace grandes pasos. Tendríamos que tener una conciencia colectiva para detectarlos y apoyarlos. Hay muchas maneras ¡Seamos creativos!

Y por último ¿Podrías elegir una de las obras que actualmente se muestran en Mecenas 2.0 y explicarnos tus sensaciones ante ella?

Obra elegida: Sin Nombre Autora, Virginia Rota

-Es una pieza que nos explica tanto. La iluminación del brazo me invoca la disociación que el ser humano puede tener cuando las emociones son inllevables. Esa desconexión del cuerpo y cerebro es tremendamente desoladora y justifica puntualmente la fragilidad y la perseverancia humana. La realidad del silencio y la dictadura del dolor.  (Terciopelo por fuera, lejía por dentro)

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Duende y alma – Tendencias – Verano 2016

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Duende y alma – Tendencias – Verano 2016

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Beyond the spells and curses, a victorious fight for life …

Culture Beyond the spells and curses, a victorious fight for life … Lita Cabellut, the momentum of a doe ready to pounce, in her fiery and rebellious fifties. “Painting to exhaustion and mastering my art,” is the motto of Lita Cabellut, artist, gypsy, half-witch, half-fairy godmother on a visit to Beirut. * Edgar Davidian | […]

Beyond the spells and curses, a victorious fight for life …

Culture

Beyond the spells and curses, a victorious fight for life …

Lita Cabellut, the momentum of a doe ready to pounce, in her fiery and rebellious fifties.

“Painting to exhaustion and mastering my art,” is the motto of Lita Cabellut, artist, gypsy, half-witch, half-fairy godmother on a visit to Beirut. *

Edgar Davidian | OLJ

07/06/2016

 

An orphaned Gypsy, an adopted daughter of the poor neighbourhoods of Barcelona, ​​madly in love with freedom, flair and honesty to testify of human wounds. With the momentum of a doe ready to pounce, in her fiery and rebellious fifties. Ebony black hair flowing on her shoulders, eagle-eyed, hard-cut features and the nonchalant attitude of Carmen with huge yellow earrings. Her voice is not soft, but brimming with warmth and generosity of heart. Lita Cabellut speaks in English peppered with a Spanish accent. Fearless words that narrate all the mysteries and hidden sides of life. To make the world better. By tracking evil and highlighting what we cannot see with the naked eye. Like the light that radiates from the dazzling staging of her paintings exhibited at the Opera gallery in Beirut.

Fifteen mega paintings, without the slightest trace of acrylic paint, in which the multiple sides of women’s faces shine. With flowers and various positions of busts, arms, bodies. A lush world of colours, fabrics, flesh – radiant and delicate. In a pictorial impression of the great masters of all times. A disturbing mirror that the gallery holds up through the masterful brush and palette of Lita Cabellut.

But actually, that name Lita, which means “God be with you” … Where does it come from?

“I don’t know, she smiles. I was given it. We must trust others. But I would have liked to be named Barbara or Sarah. But it probably comes from Manuella or Manolita … ”

“Incredible country”

She recently arrived from The Hague, her elected and preferred country, on her first visit to Beirut. Beirut. Enthralment. Not in front of the steel and glass monoliths, not before the light of the Mediterranean Sea or even the sun-drenched landscapes. What touches Lita Cabellut is the human element above all. “Amazing country, says the artist point blank. This country should be an example to all, with its melting pot of communities. It is difficult to live with different others, but there is nothing better than to build through diversity and contradictions. And I am amazed by the happiness and the joy of the people here. It shines in their eyes … ”

Her painting career is at its peak since she fell in love at first sight with The Three Graces by Rubens encountered at the Prado. Painting until exhaustion and mastering her art (“like the permanent repetition in kung-Fu to achieve perfect gestures”, says the artist) is her motto. In her studios her  feverish moments of inspiration have generated more than two thousand paintings, not counting those she mercilessly destroyed.

What theme has she got in store for the bustling capital of the country of the Cedar tree, the prolific artist who has boldly searched the depths of Coco Chanel, Frieda Kahlo, Stravinsky, Kafka, Freud, Nureyev, Trotsky and Piaf. Whilst stopping work for the Mome (Piaf), stricken by the unbearable fragility of the singer with the violated childhood …

“The poetry of flowers and fairy tales. Between shadow and light, beyond good and evil, the parity of a complex expression, always trying to unravel and decipher but which reveals the eternal, renewal and rebirth. For a spirit of continuity and continuation. Still hoping for a positive fragrance, that is what I want to give Beirut … “she emphasises.

And on the picture rails, lit up with the bright lights of fireworks, in a dance charged with furious zest for life, images of women carrying flowers are proudly displayed. They hold them in their hands, on their knees, close to their hearts. With faces that could narrate stories of all ages, from all horizons. Like a lifted veil on Donkey Skin, Cinderella, Melusine, Morgan, Viviane, Alice in Wonderland … Ruby red lips, sensual or tightened, with eyes whose irises scan life and its wonders. With extravagant hairstyles enhanced with feathers, turbans or pearls where the hair (red, Venetian blonde, chestnut, and raven black or liquorice-coloured) has intricate and sophisticated waves.

The allegory, a drama covered in silk, taffetas, chiffon, gauze and brocade, with no specific decor and in a timeless space, refers to reality in its meanders, labyrinths, underground, darkness, traps, deliverances, and its rays of light. Intense, poetic, with powerful energy, painting here is a sovereign art and unbridled imagination extremely close to reality, in the combination of colours, materials and motion. And spreading sensations, impressions and atmospheres.

The tour de force? Work that seems arisen from the most rigorous and imposing classicism coated in the most surprising modernism. As if Rembrandt, Velasquez, Goya and Bacon had met on a brush touched by magic snake oil with sure effectiveness.

* The exhibition “Fairy Flowers” by Lita Cabellut is extended at the Opera Gallery (Avenue Foche) in the city centre to June 18

“Colours? They are emotion! “

Lita Cabellut in a few questions.

Which relation with the colours?

I mix and squeeze them without ever using a drop of acrylic. Oil, tempera, pigments, eggs, a concoction with a secret formula that I won’t divulge, like a skin we religiously care for … For beauty, youth, radiance, whilst we are aware of the tyranny of ageing. Actually those false wrinkles, those false cracks, those ripples on the smooth surface are a vivid illustration for a painting that confronts time. The colour is the emotion and the link to all our abilities.

When were you happiest?

When I was out and about at the top of the Pyrenees! A cosmic euphoric feeling! But I am also happy when I work. I want to die working. And when I die, I know it is to be reborn! Painting saved my life. And my children (she has three of her own and two adopted) saved me from the darkness…

Which female painters do you admire?

Frieda Kahlo, Louise Bourgeois (for the conflict between intelligence and sensation) and Leonor Fini…

And what about all those flowers?

Before leaving this wonderful gallery of portraits of women dressed for celebrations, between countesses, sultanas or courtesans, what about all the flowers they held in their hands, that are not even completely withered? Lita Caballut, who has more than one string to her bow, reshuffles the cards, stages them, photographs them, splashes them with paint and redraws the contours and the composition, between ceramic vases and metal wires. The result is breath-taking. They are not Van Gogh’s sunflowers or Cézanne chrysanthemums or Matisse’s anemones, and even less Bruegel’s basket, but on this aniline black background, they are something else. A special blend of floral art of the Renaissance, Ikebana and details of the garden of delights of Arcimboldi. A unique effect (even if sometimes there is too much pink!), like the reverse of a decor, of what dies and lives at the same time, of those ladies past and present who delicately held those flowers in their fingers just a few moments ago. Until the end, Lita Cabellut therefore has the gift and the talent to invent, to narrate, to surprise, to revolutionise, to sprinkle with poetry, to amaze, to lift – with a powerful heritage of a classical knowledge and base … She is an agitator, a good fairy at heart!


Lita Cabellut on Wall of Fame,

Lita Cabellut on WALL OF FAME   05 Jun 2016

Lita Cabellut on Wall of Fame,

Lita Cabellut on WALL OF FAME 

 05 Jun 2016

Más allá de sortilegios y maleficios, una batalla victoriosa par la vida…

  Cultura Más allá de sortilegios y maleficios, una batalla victoriosa par la vida… «Pintar hasta el agotamiento y dominar su arte», así es el lema de Lita Cabellut, artista gitana, media bruja, media hada, paseando por Beirut. * Edgar DAVIDIAN | OLJ Una gitana huérfana, hija adoptiva de los barrios pobres de Barcelona, locamente […]

Más allá de sortilegios y maleficios, una batalla victoriosa par la vida…

 

Cultura

Más allá de sortilegios y maleficios, una batalla victoriosa par la vida…

«Pintar hasta el agotamiento y dominar su arte», así es el lema de Lita Cabellut, artista gitana, media bruja, media hada, paseando por Beirut. *

Edgar DAVIDIAN | OLJ

Una gitana huérfana, hija adoptiva de los barrios pobres de Barcelona, locamente enamorada de la libertad, de la brillantez y de la sinceridad para testificar de las heridas humanas. Con un salto de cierva a saltar inmediatamente, los cincuenta fogosos y rebeldes.  Cabellos negros de ébano cayendo en cascada sobre los hombros, una vista de águila, rasgos duros cortados con hoz y esta apariencia descuidada de Carmen con los inmensos pendientes amarillos. La voz no es dulce, pero desborda de calor humano y de generosidad de todo su corazón. Lita Cabellut se expresa en un inglés mestizado de acento español. Palabras sin miedo para decir todos los misterios y las caras escondidas de la vida. Para mejorar el mundo, engañando al mal e iluminando lo que no se ve a simple vista. Como esta luz que irradia de sus lienzos con la puesta en escena vertiginosa, expuestas en la galería Opera de Beirut.
Una quincena de mega-lienzos, sin la menor traza de acrílico, donde radian múltiples aspectos de caras de las mujeres. Con flores y actitudes diversas de los bustos, de los brazos, de los cuerpos. Un mundo fastuoso de colores, tejidos, carnes, radiantes y perecederas. En una impresión pictórica de los grandes maestros de todos los tiempos. Un espejo túrbido que se extiende desde la galería a través del pincel y la paleta virtuosa de Lita Cabellut.
Pero, de hecho, este nombre de Lita, que significa “que Dios esté contigo» … ¿De dónde viene?
«No lo sé, contesta sonriente. Lo recibí. Se tiene que confiar en los demás. Pero me hubiera gustado llamarme Bárbara o Sarah. Pero probablemente viene de Manuela o Manolita…»

«País increíble»
Aquí está, recientemente llegado de La Haya, su tierra de elección y de predilección, en su primera visita a Beirut. Falta de control. No delante de los monolitos de acero y cristal, no delante de la luz del Mediterráneo ni de los paisajes repletos de sol. Lo que hace vibrar Lita Cabellut es sobre todo el elemento humano. “Increíble país», dice la artista de sopetón. Este país debería ser un ejemplo para todo el mundo con su mosaico de comunidades. Difícil de vivir con los demás en la diferencia, pero nada mejor que construirse a través de la diversidad y de las contradicciones. Además, estoy tocada por la felicidad, la alegría de las gentes de aquí. Ella brilla en sus ojos…»
Carrera pictórica a la cúspide desde el rayo que la tocó con Las Tres Gracias de Rubens que encontró en El Prado. Pintar hasta el agotamiento y dominar su arte (“como la eterna repetición en el kung-fu para alcanzarla perfección del gesto”, dixit la artista) tal como suena su lema. En sus talleres y sus momentos agitados de inspiración han nacido más de dos mil lienzos, sin contar las que ella misma ha despiadadamente destruido.
Cuál es el tema que se reserva para la vibrante capital del país del Cedro, esta artista que ha hurgado, con toda audacia, lo más recóndito de Coco Chanel, Frieda Kahlo, Stravinsky, Kafka, Freud, Noureev, Trotski y Piaf. A pesar de dejar de parar su trabajo delante de la ‘môme’ (Piaf), tocada por la inaguantable fragilidad de la cantante con la infancia magullada…
« La poesía de las flores y de los cuentos. Entre sombra y luz, más allá del bien y del mal, la paridad de un decir complejo, siempre para descifrar, descodificar pero que revela lo que es eterno, lo que se renueva y vuelve a nacer. Par un espíritu de continuidad u de continuación. Siempre con la esperanza de una fragancia positiva, eso es lo que quiero ofrecer a Beirut…”, dice ella.

Y sobre los cimacios, ricos de este brillo vivo de los grandes chorros de fuegos artificiales, engalanan, en una ronda cargada de furia por vivir, imágenes de mujeres llevando ramos de flores. Entre las manos, en las faldas, en el corazón. Con caras que podrían contar historias de todas las épocas, de todos los horizontes. Como una subida de telón sobre pergamino, Cenicienta, Melusina, Morgana, Viviana, Alicia en el país de las maravillas… Morros pintados con bermellón, ofrecidos o amordazados, para miradas con iris que exploran la vida y sus curiosidades. Con peinados extravagantes como emplumados, con turbantes, con perlas donde el cabello (rojo, rubio veneciano, de color de nuez, de ala de corvallo o de regaliz) tiene ondulaciones sabias y sofisticadas.
La alegoría, drama debajo de la sede, el tafetán, la muselina, la gaza y el brocado, sin decoro preciso y en un espacio intemporal, devuelve a la realidad en sus meandros, sus laberintos, sus subterráneos, sus tinieblas, sus trampas, sus entregas, sus rayos de luz. Intensa, poética, con una energía decapante, la pintura, aquí, un imaginario desenfrenado lo más cerca de la realidad, es un arte soberano de combinar colores, materiales y movimientos. Y de radiar sensaciones, impresiones y ambientes.

¿La hazaña? Obras como surgidas del más rigoroso e imponente clasicismo, recubiertas de la más sorprendente contemporaneidad. Como si Rembrandt, Velásquez, Goya y Bacon hubieran quedado en la explanada de un pincel tocado por un polvo de la madre Celestina con su cierta eficacia.

*La exposición “Fairy Flowers” de Lita Cabellut se prolonga en la Opera Gallery (avenida Foch) en el centro de la ciudad hasta el 18 de junio

“¿Los colores? ¡Es la emoción!”

Lita Cabellut, à través del hilo de algunas preguntas.

¿Qué relación con los colores?
Yo los mezclo y malaxo sin ni una gota de acrílico. Óleo, tempera, pigmentos, huevos, una con-cocción cuyo secreto me guardo celosamente como una piel que uno mantiene con sumo cuidado… Para una belleza, una juventud, un brillo, sabiendo que la edad tiene su tiranía. Por cierto, estas falsas arrugas, estas falsas grietas, estas pequeñas olas sobre una superficie lisa, son un aviva ilustración para una pintura que se enfrenta al tiempo. Los colores, son la emoción y el vínculo de correspondencia con todas nuestras facultades.

¿Cuándo has estado lo más feliz?
Cuando me encontraba de paseo en los picos de los Pirineos! ¡Una euforia cósmica! Pero también soy feliz cuando trabajo. Quisiera morir trabajando. Y si me muero, sé que es para volver a nacer. Pintar me ha salvado la vida. Y mis hijos (tiene tres suyos y dos adoptados) me han salvado de la oscuridad…

¿Cuáles son las pintoras que admira?
Frieda Kahlo, Louise Bourgeois (por el conflicto entre la inteligencia y la sensación) et Leonor Fini…

¿Y qué hacer con todas estas flores?

¿Antes de abandonar esta preciosa galería de retratos de mujeres vestidas como para momentos de celebración, entre condesas, sultanas y hetairas, que hacer de todas estas flores que han tenido entre sus dedos, ni siquiera todavía todas marchitadas? Lita Caballut, que tiene más que muchos recursos, vuelve a repartir las cartas, las pone en escena, las fotografía, las manchas de pintura et vuelve a dibujar sus contornos y la composición, entre floreros de cerámica e hilos metálicos. El resultado es asombroso. No son los girasoles de Van Gogh ni los crisantemos de Cézanne o las anémonas de Matisse, y menos aún la canasta de Bruegel pero, con este fondo negro de anilina, es otra cosa. Una mezcla peculiar del arte floral del Renacimiento, del Ikebana y del detalle de los jardines de las delicias de Arcimboldo. Un efecto único (¡incluso si, a veces, hay demasiado color rosa!), absolutamente como un inverso de decoro, de lo que se muere y vive a la vez, de estas damas de hoy y de antes que tenía delicadamente hace unos minutos estas flores entre los dedos. Hasta el final, Lita Cabellut ha por ello, con una poderosa herencia de los conocimientos y bases clásicos, el don y el talento de inventar, de narrar, de sorprender, de revolucionar, espolvorear con poesía, de deslumbrar, de propulsar… ¡Ella es una agitadora, una buena hada, en el alma!


The Figure in Process; de Kooning to Kapoor, 1955-2015

The Figure in Process by David Anfam The current project explores how artists have addressed the human figure and its place in the world across the broadest spectrum – from verisimilitude to the cusp of abstraction, from the grotesque to the ideal, and from two into three dimensions. Its scope begins in 1955 and spans […]

The Figure in Process; de Kooning to Kapoor, 1955-2015

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The Figure in Process
by David Anfam

The current project explores how artists have addressed the human figure and its place in the world across the broadest spectrum – from verisimilitude to the cusp of abstraction, from the grotesque to the ideal, and from two into three dimensions. Its scope begins in 1955 and spans six decades, extending from the United States to Europe and Southeast Asia. The chosen individuals hail from compass points as disparate as Washington state, Tehran, Dublin, Bombay, New York City, Melbourne and Barcelona. Still, the subject’s magnitude means that any claims to comprehensiveness would be absurd. Instead the aim is to offer a microcosm, a focused window of possibilities suggesting larger vistas withal. How better to broach this perspective than with a painting executed precisely a decade beforehand? That the work reflects a moment when world history stood at zero heightens its relevance.
Philip Guston’s If This Be Not I is a nocturnal allegory of the human condition in 1945. The title refers to a nursery rhyme about an old woman who forgets who she is, while the masked and blindfolded children, plus the striped fabrics, point to the Holocaust. It was a survivor of the death camps, the Italian chemist Primo Levi, who famously reiterated that the Nazis’ strove to erase the identity of their victims. No wonder the title of Primo Levi’s book If This Be a Man (1947) echoes, by telling coincidence, Guston’s. If This Be Not I also signaled how human identity reduced to its uttermost limits lay at the crux of abstract expressionism. Understood thus, the many-sided movement becomes a touchstone for the art that followed it – whether in the same spirit, in opposition, or as a complex mix of both. To survey the vast panoply of figurative art created during the past half century or so is to witness both abstract expressionism’s legacy as well as its antitheses.
Take Barnett Newman’s avowal that “the self, terrible and constant” constituted his subject matter. This voiced a similar existentialism to Guston’s. But Newman translated his beliefs into a radically non-objective language of stark verticals that stand amid engulfing color fields. Notwithstanding, it was in Alberto
Giacometti’s attenuated sculptural figures that Newman recognized his own preoccupations. Around the late 1940s Giacometti and Newman tackled the same ideas, albeit from opposing standpoints. Giacometti’s genius was not to distill our being in the world into signs, as did Newman, but instead to seek it in process – as many subsequent artists in this exhibition would – suspended between presence and the void, matter and dissolution. “Process” – grasped in its manifold senses as involving flux, metamorphosis, materials, the play of meanings, and so forth – offers a text for the otherwise impossibly multifarious scenarios comprising figuration after abstract expressionism.
Willem de Kooning epitomized abstract expressionism. In his great abstractions of the late 1940s de Kooning had shattered human anatomy into a kaleidoscopic painterly labyrinth. Then, in 1950, his indomitable Women began to reassert the centrality of the human presence and its driving force, eros. De Kooning’s pivotal Woman as Landscape marked the stage at which the angst- filled figure shed its urban associations to meld into nature – the metamorphosis captured by the mutability of paint that serves simultaneously to represent and erase, as the female shifts in and out of focus. De Kooning thereby announced a central preoccupation for certain ensuing artists and one that informs this survey. In sum, a tug of war between the urge to seize appearances versus the abstract mark making inherent in the medium itself. This polarization assumes countless forms.
At one end of the scale, artists such as Giacometti, Francis Bacon, Lucian Freud and Lita Cabellut uphold a humanism that pits representation against the annihilation of the self threatened by World War Two. Even as Giacometti and Bacon’s tortured protagonists reflected this anxiety, they also embodied a confidence in the materiality of clay and oil paint to fix in space or on canvas the residues of observation. Going further, no matter to what degree Freud reveled in rich impasto, it ultimately buttressed the humanness of his subjects. Large Interior W11 (after Watteau) transports the titular French old master to what we might call a kitchen sink setting. Yet in so doing Freud stressed not chill objectivity but the tender immediacy of his vision. A similar sentiment informs Cabellut’s people. The craquelure of her exquisite surfaces is meant (in the artist’s words) to be “symbolic for the skin that shows the real condition of a person”. The pathos of Cabellut’s paintings rests upon their mix of forthrightness and masquerade. It is as if the figure, repressed by modernist puritanism, must perforce return precariously.
The notion of the self as imperiled had one root cause in the cataclysmic twentieth century. Since then, other factors have challenged our subjectivity. Modern mechanical mass reproduction – photography, cinema and television – long ago engineered a seemingly infinite continuum of images that redefines the boundaries between the real and the illusory. More recently cyberspace and cognate breakthroughs – from computers and smart phones to digitization, nanotechnology, genetic engineering, emails, tweets, instagrams, and so forth – have revolutionized attitudes to space and time. The boundaries of where selfhood begins and ends have become porous. The same applies to our temporal awareness: past, present and future now commingle at our fingertips. The ripple effects have permeated art.
Firstly, certain painters, together straddling older and young generations, have continued in the aforementioned humanist tradition of Giacometti, Bacon and Freud. Among the former is the ninety-five year old Wayne Thiebaud. Much as Thiebaud revels in his quasi-abstract handling of juicy oil paint, his women confront us with the statuesque calm of ancient Greek kouroi. They seem like Technicolor glimpses of the ideal clad in everyday clothes. Among a much younger generation, Cecily Brown’s celebrations of eroticism echo de Kooning and thence such old masters as Rubens and Veronese, not to mention thought-provoking titles (Tender is the Night alludes to John Keats via Scott Fitzgerald). Despite this august lineage, deliberate regression informs Brown’s tableaux, as though libido had the upper hand, transforming erstwhile legible scenes into a polymorphous perversity, its near-formlessness at once joyous and edgy. Comparable energies inform Julian Schnabel’s paintings on shattered crockery and velvet. They combine alluring tactility, vivid colorism, symbolic and personal clues with an air of barbarism. As Schnabel remarked, he wished to make “something that was exploding” as well as “something that was cohesive.” Such conflict thrusts representation into a medley of urgent and fractured traces.
By contrast John Currin and Kehinde Wiley restore some stability to the body physical. Emulating old masters such as Lucas Cranach, the former crafts sugar-sweet yet sly paeans to delight and beauty. This historicism – a leitmotif in contemporary figuration suggesting the ubiquity of art’s histories in an omniscient present – recurs in Wiley’s takes on black identity. Surrounded and even entwined by decorative backgrounds that are their conceptual bling, Wiley gives his youths venerable poses. For instance, Young Man Holding a Skull adverts to Frans Hals’s treatment of the same theme, a swagger portrait for the twenty-first century. Light years distant in mood although equally concerned with other types of identity, in this case often Near Eastern, hover Y.Z. Kami’s sitters who inhabit seraphic, if often elegiac, realms. Frontal and hazy, they resemble dream-like memories filtered through the lens of photography. Kami’s is the tip of a proverbial iceberg linking photography and the figure in recent years.
Paradoxically, the impact of photography or photographic exactitude on art led towards abstractness or conceptualism. Witness Chuck Close’s photo- realist portraits. Despite their visual acuity, they highlight not depiction per se but, rather, the abstract strategies of making schemata that translate optical data from three into two dimensions. Also, their scale is anti-realistic. For David Hockney, the formal double portrait – a genre established in the Renaissance – could be updated to an impassivity that mimics the photographic medium. In the same breath, Hockney’s canny treatment of the foreground glass-topped table – akin to the skull in Hans Holbein’s The Ambassadors almost five centuries earlier – belies the effect of unalloyed realism. Paradoxically, this also applies to those who have pursued photography. Jeff Wall spearheads this mode. Loaded with detail, Wall orchestrated his homage to the costume historian Ivan Sayers so that it evinces an intricacy and premeditation worthy of any pre-modern history painting. As such, his figures fuse documentation and theater.
From another angle, even the photographic look of Mark Tansey’s monochromes veils complicated metaphysical questions about how we know phenomena and tell substance from shadow. In a twist upon convention, Tansey fashions his images by subtracting, not accumulating, paint layers, which accentuates their mirage-like feel. Alternatively, Roy Lichtenstein’s first pop paintings exploited the mass media, such as comic books. Although stylistically distant from photo-realism, Lichtenstein’s post-pop pictorial collages, such as Interior with Swimming Pool Painting, nevertheless addressed similar matters. What is depiction, how does it intersect with abstraction, and by what means does art convey its messages? In an “interior” featuring a reflective pool constructed from the building blocks of draftsmanship presented as if through a magnifying glass – hatchings, outlines, pale color planes – a Lichtenstein-like sculpture on a table in turn recalls Picasso’s Weeping Women pictures of the 1930s. We are in a perceptual and intellectual hall of mirrors. In a comparable vein underlying a wholly different exterior, the hyper-realist sculptor Ron Mueck added a mirror to his illusionistic crouching boy. Combined with the fact that the child is smaller than he should be, Mueck seems to subtly interrogate life and limb itself. This frisson heralds yet another, final mode of contemporary figuration. It replaces beauty, quietude, and the ideal with their opposites.
A fascination with the old masterly past – as noted in Freud, Brown, Wiley, and their ilk – can result in either a new humanism or its antithesis, which might be termed the post-human grotesque. Glenn Brown mines this fertile area. Metamorphosis is key to Brown’s procedures, which yield works of mind-boggling intertextuality. In They Threw Us All in a Pit and Built a Monument on Top (Part I and 2) the leftward panel derives from a Jean-Honoré Fragonard painting of Venus, while Brown appropriated the second image from a George Baselitz painting of a thumb. The title comes from a rock song, the panels are different in size, and the technique manages to produce a thin painting of what appears to be thick paint. Contradiction and simulation reign, as does process. What The Matrix (1999) did in film, Brown’s shape-shifting achieves for painting. The once- stable human agent dissolves into a myriad baffling guises. A short distance perhaps separates Brown’s mazes from Barry X. Ball’s sculptures. Layering numerous historicist vestiges with the most up-to-date digital technology, Ball’s busts combine spectacular decomposition with the utmost formal sophistication to confound any single reading of their visceral virtuosity. Likewise, although Anish Kapoor appears to eschew the figure for immaculate geometry, his discs dissolve our reflections into an abyss of blood redness. We are, as it were, back to zero.
Speaking of zero, Jonas Burgert’s immense pictorial dramas bring the wheel full circle, half a century on, to the existential crisis posed by Guston’s If This Be Not I. Like that painting, Burgert’s presents the figure as though massed on the theatrum mundi, the Shakespearean theater of the (now modern) world. As Burgert observes, “We want to struggle on the stage of life, there is an ongoing process. But why are we not satisfied with who we are?’ He also describes the extraordinary, morbid panorama of Stück Hirn Blind as a “huge mountain of trash”. Hence, again, memories of the death camps lurk. Yet the colors of this densely populated devastation are carnival-bright and the whole looks as though it were in the lively process of forming itself – note how the painting unravels at its lower margins. Is there hope among the ruins? Ruben Pang’s art may provide an answer. Although Pang’s figures resemble wraiths, they also bring to mind the rainbow stuff of nebulae in outer space. Whether abject or celestial, contemporary artists’ multiform involvement with the figure has mirrored our own protean selves.
© Art Ex Ltd 2015 & Vulcan Inc. 2015

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Trilogy of Doubt

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The Blind Mirror

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The Black Tulip

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Heaven of the Disasters Essay by Robert C. Morgan

Art as a Form of Testimony Interpreting Cabellut’s Heaven of the Disasters Robert C. Morgan In addition to materials, inspiration, and technical knowledge, some works of art also require a heightened degree of courage in order to become realized. This does not happen automatically and rarely relates directly to the artist’s intentions. Nor does it […]

Heaven of the Disasters Essay by Robert C. Morgan

Art as a Form of Testimony
Interpreting Cabellut’s Heaven of the Disasters

Robert C. Morgan

In addition to materials, inspiration, and technical knowledge, some works of art also require a heightened degree of courage in order to become realized. This does not happen automatically and rarely relates directly to the artist’s intentions. Nor does it happen through the appropriation of a style or the reproduction of emblems, and logos omnipresent in popular culture. The kind of courage to which I refer happens because the artist has taken a risk without knowing the precise consequences, a decisive action that does not conform to what others consider current or fashionable. Courage stands alone and functions on a very different level from what is routinely seen in highly touted art fairs. Courage is the condition of works of art that exceed or surpass the normative, even as the subjects chosen by the artist arrive from various ranks in society, regardless of class, gender, religion or race. To evoke courage in art requires extraordinary subtlety combined with an assiduous passion and intellect. It does not conform to what others think or what they believe is right or wrong. Rather it embraces the countervalent mood of Nietzsche in which there are no predictable or predetermined guidelines. Courage does not remain in the closet. Nor does it stay within comfortable boundaries. Rather it tends to reject all expectations of finding an auspicious response by overtly dismissing all that is predictable in art.

While I have written about works of art by Lita Cabellut in the past, I am never quite sure of what to say about her work, whether my words in translation will make any sense to anyone. In this sense, writing about Cabellut gives me an important sense of doubt. I am foundering in the gray zone on an uneven terrain. I have to check my footing to make certain of my balance. Am I getting the transmission of her work correctly? Am I being empathetic towards her point of view? I really don’t know. But, even so, I move forward as if there were nothing else to do. At times, my mind is in the Gobi or the undulating dunes of the Sahara. Where will my next step lead me as I examine these intensely cracked features on any given subject where a photographic likeness is dissembled, torn open, allowing no escape from the internal bleeding of the self revealed inside? Take any portrait by Cabellut. It doesn’t matter. Whether Frida or Coco, a clown or a cardinal, a singer or an actor, a saint or a sadist, or a lonely child oppressed by visions of torment, they are all part of the human condition.

In fact, the portraits in this exhibition are of children who represent the artist’s past. They are intensely dramatic photographs that will not let us go. We cannot easily turn away or avoid the emotional consequences of our feelings. By engaging with these children in the darkness, we may come to discover not only who they are, whether imaginary or real, but who we are as well. Through the act of perceiving the other, we may be seeing ourselves less from the perspective of the present than from moments in the past when presumably we found or learned our identity based on what others thought of us. For Cabellut, this would later change, transform her longings and desires, and become the other that was always inside herself. Yet early on, at an impressionable age, her identity was displaced, agonizingly pushed aside.
I recall Picasso once saying: “Art is never chaste.” Put another way, no real art will ever be safe or popular. Leave this to the seductions rampant in the entertainment industry, tourism, shopping, restaurants, and all matter of investments, in essence, any form of spectacle that pushes us away from seeing ourselves accurately. We may assume that the face we see every day in the mirror is a reflection of our self until one day we discover there is another face lingering beneath that is truly who we are. For Cabellut, this was the beginning of her process in becoming an artist, a process that might also be understood as a form of testimony, the kind of confessional instinct that goes beyond any organized religion or social institution.

The work in this exhibition is art in the form of testimony. The photographs are large and are shown as triptychs. The width of each photograph in the triptychs measures 160 cm by 250 cm high. The colors are black and white and pink. The message behind these imagined portraits holds no limitations or boundaries, only the sense of a personal freedom endowed to the artist. In these works, Cabellut is willing to speak the unspeakable, to poetically reveal her suffering in the form of an interior drama. I believe this is a courageous action. It is art, but it is also a gift based on memories of time and space, of loss and discovery, of heartbreak and transformation, of human endurance and the struggle to become the artist that she is, an artist capable of showing herself without shame, hyperbole, or pretention. This is Lita Cabellut’s most personal exhibition to date. It is the revelation of her “white silence” that for many years prevented her from speaking about her torrential past as she was isolated and burdened with a sense of guilt and shame.

As for interpreting Heaven of the Disasters, it would be problematic to analyze the origin of her experience in literal terms. Given the cultural background of Lita Cabellut, poetry is of the essence. It is the way to restore power in one’s soul. Any attempt to offer a discursive interpretation of these monumental photographs would be inaccurate and absurd.

Lita Cabellut is not a Minimalist and does not deal with her reality from the perspective of a reductive literalness. Rather she craves the ragged perplexity and ambiguity of the metaphor. She is interested in how human emotions are spurred less by what literally happened to her than by the interior remnants in another time and place when it was impossible to speak or tell the truth. Placed in a Roman Catholic orphanage during the Franco regime, the allegory shown in these photographs – the Dadaist hobbyhorse, the nightmarish assemblage of taxidermied birds woven together, and the remorseful spattering of black pigment against a white gown — offers the artist a symbolic space of retrieval between memories filled with trepidation.

In order to rejuvenate her imaginative power and thus bring to light her agonies and conflicts, she endured these acts of humiliation as memories. Ultimately these allegorical scenarios of haunted suffering children express Cabellut’s entablature of broken desire as she eventually learned to cope with the painful realities in her youthful past. Gradually she processed and overcame the guilt and the suffering through the sublimation of her art. The courage involved in allowing this positive transformation admits a quality of life embedded in Cabellut’s ability to think and to feel independently and thus to emphasize with the suffering of others, the innocent refugees who have been forced to leave their homes and histories where they must relocate and reconfigure their sense off identity in another place, different than what they once knew and felt. Children are often forced to live somewhere else against their will.

This would suggest that every subject Cabellut brings into her work is somehow a manifestation of herself, as if she were reliving the past through another, as if she had entered another world on the cusp of the spiritual and the secular, another stratosphere in which the artist’s life transforms into a perpetual persona, living a life somewhere between a boundless sense of joy and fathomless retribution. This is art in the form of perpetual testimony, a recounting of the past through empathy, through the eyes of the child who is willing to move from the past into the eternal present, the source of creation.

New York.


Dramatic Silk

At her art exhibition in Dubai, the Spanish painter, Lita Cabellut, reveals the hidden beauty of the East, while continuing to explore the inner world of woman, exposing the soul, and adding a special charm to the faces which are already reflecting a lot of meaning. Cabellut is revisiting the face of the East, discovering […]

Dramatic Silk

At her art exhibition in Dubai, the Spanish painter, Lita Cabellut, reveals the hidden beauty of the East, while continuing to explore the inner world of woman, exposing the soul, and adding a special charm to the faces which are already reflecting a lot of meaning. Cabellut is revisiting the face of the East, discovering the hidden secrets of its beauty through a formula that would go beyond the typical stereotyping of the East which has been instilled through the work of many orientalists. What is more, Cabellut is not imprisoned with the limits of outer beauty, on the contrary, she depicts a dramatic silk, and delves deeply to understand the inner soul of man. Thus, stressing that the human face is an inexhaustible treasure of expressions, though many other artists have already focused on the theme of human face.

We may label Cabellut as the “chaser of inner souls” digging deep inside, painting through her body and soul like a flamenco dancer, the strokes on the canvas, adding strong expressions engulfing both spontaneity and skill. She starts a journey visiting the canvas of her paintings, she is never in isolation from her paintings. Her adventures continue deeply reaching both the self and theme, where the two paths would eventually completely unit. Even her new exhibition is depicting the features of her face, thus, Cabellut proves that her body, colours, canvas and brush become one and integrate into what her soul generates; energy or passion. Cabellut conceives her paintings, thus, turning them into a living being able to reveal expressions and breathe with colours. The strokes meet, and meaning comes to light illustrating inner thoughts, signs and symbols. Even the patterns in the dresses are almost like a new paradise blooming with flowers, butterflies and scent. Lita Cabellut as an artist is truly what one of her poems expresses “a flash of lightening among my fingers”. She fills the canvas with an abundance of inner lightening treasured inside her creative soul.  In her art exhibition which constitutes of 26 paintings of large size, Cabellut started a journey to the East to explore its beauty, which is buried underneath the layers of its soul. Cabellut travels not like any passing-by orientalist, but with the eye of an artist “a citizen of planet earth”. In addition to her love of Arabic music and flamenco, as well as her oriental features, she is “the gypsy of the planet” with an Arab roots.

 

In Dubai where peoples of the earth gather, and several cultures meet, Cabellut’s art exhibition, which is organized by Opera Gallery in Dubai, near Burj Khalifa (the tallest building in the world), came to reveal the beauty of covering up and revelation, highlighting, through the faces of veiled women, the glow that is engulfed in the oriental veil. Although, Cabellut revealed only parts of the faces, nevertheless, plenty of the significant light spreads on the paintings with an appealing expression. Although, many orientalists have viewed the East in “a sexual lust”, Cabellut’s exhibition depicts a different East, revealing a real beauty hidden and concealed behind a veil. She explores beyond the hood and the language, thus, surpasses the stereotyping of eastern women which was inspired by the studies, paintings and perceptions of several scholars, artists and orientalist’s travelers, who limit the East with its people, geography, culture, and history, to only a fascination with “lust and mystery”, and not attempting to interpret the East with its profound culture.

Lita Cabellut, who was born in 1961, at the coastal Mediterranean city Barcelona, presents in her new exhibition in Dubai a visual interpretation of the image of the East. She includes a message calling for rediscovering the beauty of the East, among which the Arab countries, and fostering unprejudiced communication among all peoples. Cabellut stresses that the veil does not obstruct the perceptions or the common language among people, nor does it prevent communication. Thus, she calls for accepting the other, as is, including the culture, beliefs, religion, and social backgrounds. Cabellut encourages respecting the privacy of people, and values the significance of distinction, diversity and pluralism.  We may argue that the face is a repertoire of expressions, a gateway overlooking the soul of man. The face is the interpreter and herald of inner soul, an icon depicting the inner soul with all its feelings. Cabellut who considers “faces as either polished or broken mirrors” depicts the map of inner emotions through the faces of veiled women. Each face represents a book, where Cabellut was able to decipher the letters, signs, symbols and secrets flowing out from the soul. The faces uncovered countless expressions, pronounced hope, memories, hidden grief, uncertainty, loss, disappointment, reflection, distraction, anxiety, doubt, pain, agony, regret, farewell, defeat, challenge, expectation, confrontation, and dreams. On the other hand, Cabellut also depicted different human situations one may experience on planet earth. The eyes were the letters in the book of face, even in her paintings which excluded the eyes, the body language expressed masterfully the inner feelings, through the use of different gestures. Although most of the body is covered behind the dress and veil, Cabellut was amazingly able to depict the inner feelings, and delve into the secrets of beauty hidden in the spirit of the East. Cabellut was able to make silence speaks, the eyes radiate, and the shadow moves, through her impressive and influential works of art. Moreover, the warm colours of the East which she used, added more expressions to her paintings.

The visual experience of Lita Cabellut, reveals her ability to interpret the inner soul, and open doors to hidden secrets, whether at times of broken waves, or during a light breeze. Her paintings, graphics, sculptures and multimedia, illustrates Cabellut’s intuition and ability to dig deep into the inner soul of man, relying on her skillfulness of using expressive tools, and dedication to art as a soul mate. Cabellut’s experience proves her ingenuity, wild imagination and creativity. She was even able, within a short time, to have her name listed among the masters of art. Cabellut has her own mark when she creates her works, and she always comments that she “has married art at a young age”. Cabellut who suffered during her childhood from loss, homelessness, being an orphan, loneliness and darkness, depicts in her new exhibition the strokes of a dramatic silk, and secrets of a beauty glowing behind the veil. Thus, discovering light behind closed doors, opening the book of secrets, and depicting the veins of pain, hope and dreams on the stone of life. Cabellut’s life began as being an orphan and one of the “street children” in the old city of Barcelona. But she did not let darkness conquers her, the Mediterranean young girl being a guardian of the ancient civilization, was dreaming since childhood to become an artist. When she stood in front of the paintings of master artists in Prado museum of Madrid, her prophecy became true, and had her first exhibition before the age of eighteen, in her own city, where its impoverished streets were a witness to the tragedies of her life. In her exhibition “memories wrapped in gold paper”, the face became a powerful centre of expressions, while the dresses were a set of vocabulary enhancing meaning, rather than just an external ornament. Thus, the dresses on the canvas became letters with connotations. On the other hand, Cabellut resourcefully used cool colours on the backgrounds, so that the viewer would focus primarily on the abundant facial expressions. We may also say that the colourful dresses with flowers and butterflies patters were reflecting the inner feelings of women appearing on the paintings. Thus, the veil does not become a cover of the beauty of the face of the East. Moreover, the exhibition also included 3-D paintings reflecting different human situations every woman may go through, hence, highlighting the beauty of the soul, body and mind.

Those who will have the chance to see the work of Lita Cabellut, will be influenced by them as they are full of passion and strong feelings, reflecting the emotions with every vibrant stroke of her brush, while whole areas of the canvas were covered with expression. After long research and experimenting with her own work, Cabellut was able to develop her own technique of depicting the “human complexion”. The visitors of the exhibition could feel the skin of the face with all its veins, they even are almost able to touch them. Lita Cabellut brings to her works of art a spirit of poetry. When she completes her paintings, she discovers what she has transferred part of her soul down on the canvas. She comments “interpret the painting always from the eyes, mouth, gestures, colours, and strokes, while searching for a poem hidden there”. Lita Cabellut proves again in her exhibition that she is an extraordinary artist, who will not refrain from delving deep into the human side of the world through her impressive, amazing and articulate art.

 

Ali Al Ameri


Coco and Cabellut

“In order to be irreplaceable one must always be different.” Coco Chanel There are many parallels between the lives of empress of fashion, Coco Chanel, and the expressionist artist Lita Cabellut. Both women began their lives in poverty, both found a core of expression that raised the stature of the feminine mystique, both fearlessly confronted […]

Coco and Cabellut

“In order to be irreplaceable one must always be different.”

Coco Chanel

There are many parallels between the lives of empress of fashion, Coco Chanel, and the expressionist artist Lita Cabellut. Both women began their lives in poverty, both found a core of expression that raised the stature of the feminine mystique, both fearlessly confronted a world in the arts controlled by men and inexorably changed that vantage with their own style and temerity: both are exceptional voices in their chosen expressive fields. Though the words may be Chanel’s, they could as easily be Cabellut’s – “My life didn’t please me, so I created my life”.

Lita Cabellut is a painter and a conjurer. Her paintings capture that interior mysterious space within the minds of her subjects, a complex brew of imagination and the compulsion to deal with occult dreams and longings as well as the terror and fragility of the human condition. Her genius lies in her ability to make visible the invisible: passion pours forth from her large-scale portraits that demand our attention and invite us into the process of her creative mind. Cabellut is a Spanish painter, born a gypsy in the earthy streets of Barcelona, her father unknown, deserted by her prostitute mother at the tender age of three months, nurtured by her grandmother who sequestered her as a gypsy from schools until her death. Cabellut at age eight was placed in an orphanage. Hungry for knowledge, she spent her hours at the Prado Museum, drinking deeply the works of the masters of the past – Rembrandt, Velázquez, El Greco, Ribera, Gallego and Goya. Once accepted into school, she rapidly rose through the ranks of education, ultimately being accepted into the Fine Arts School in Amsterdam, where instead of embracing the current obsession with abstract art, she connected with Francis Bacon’s tortured figurative paintings and fellow Catalan artist Antoni Tàpies’ abstract expressionism, with an emphasis on his pintura matérica – incorporating mixed media such as detritus, earth, rags and stone into his paintings.

Cabellut’s works serve as a bridge between classical tradition and contemporary painting, a bridge from which she creates faces and figures from the past, infusing her own history as a street gypsy into understanding the beginnings of the focused model she brings to life in this collection – Gabrielle ‘Coco’ Chanel. From her own experiences, the artist is able to see through the eyes and cautious stares of her subjects, and to engage her audience with a sense of challenge mixed carefully with compassion.

The life of Coco Chanel (1883 -1971) has been the subject of many books, films and plays: the details of her rise from her orphanage years where she was raised by nuns who taught her the sewing skills that would lead to her life’s obsession for creating fashion, her fleeting experience as a singer in clubs where she earned her nickname ‘Coco’ (a name she insisted was derived from the word cocotte – or ‘kept woman’), her dalliance with Etienne Balsan who financed her move to Paris at age 26 to try her millinery ideas, and her affair with the wealthy Arthur ‘Boy’ Capel whose influence on her sense of fashion as well as onher heart led to the opening of her famous shop on Rue Cambon in 1910. Capel was killed in an automobile accident in 1919 and Coco continued to leave flowers at the site of the tragedyfor years afterward. Coco Chanel will forever beremembered as the person who freed women’s clothing from confining corsets, introduced the simple comfort of fashion influenced by men’s wear, created the 1920’s little black dress and added the innovative concept of her own designer perfume as an accessory. She found acceptance in the world of fine art as the costume designer for Les Ballets Russes (Chanel created the costumes for the Stravinsky and Balanchine L’Apollon Musagète and the Milhaud, Nijinska, Cocteau and Picasso ballet Le Train Bleu) and became friends with the likes of Picasso, Dalí, Diaghilev, Cocteau, and Stravinsky (another passing affair). In 1925 she began a love affair with the wealthiest man in Europe, Hugh Grosvenor, Duke of Westminster, who lavished her with jewels and gifts but who failed to make her his wife. At the peak of her influence, she created the legendary Chanel suit and the look that was unmistakably Coco Chanel, complete with her costume pearls andinsistence on the subtlety of a monochromatic palette. World War II led tothe closure of her shop in part due to the German occupation of France andthe subsequent controversies that followed. But with the resolution of the adverse effects of World War II, Coco Chanel once again forged a new life with her mid-1950s return to the fashion industry; even in the face of negative reviews from critics, she still appealed to women all around the world with her fashionable and feminine, comfortable and subtly sensuous designs. Despite her numerous affairs with a variety of men (some would say she used men, but she took from each of them inspiration that would increase her knowledge and repertoire), Coco Chanel never married – It’s probably not just by chance that I’m alone. It would be very hard for a man to live with me, unless he’s terribly strong. And if he’s stronger than I, I’m the one who can’t live with him… I’m neither smart nor stupid, but I don’t think I’m a run-of-the-mill person. I’ve been in business without being a businesswoman; I’ve loved without being a woman made only for love. The two men I’ve loved, I think, will remember me, on earth or in heaven, because men always remember a woman who caused them concern and uneasiness. I’ve done my best, in regard to people and to life, without precepts, but with a taste for justice”. And further,“I never wanted to weigh more heavily on a man than a bird.” She died in 1971, but her legend lives on – in influencing fashion, in her role as a feminist, in her instinctive sense of style, and as a woman who changed the world in her own way. ‘Fashion is not simply a matter of clothes. “Fashion is in the air, borne upon the wind. One intuits it. It is in the sky and on the road.”“Fashion passes, style remains.

Lita Cabellut offers us her responses to the history of Coco Chanel with her large scale portraits of the fashion icon as well as some images of one of Chanel’s models. She heeds the icon’s rules of monochromaticity not only in the fashions she paints but also in the variations of grey as the matrix for each work. In titling this exhibition Coco: The Testimony of Black and White she echoes the thoughts of Renaissance artist, poet and architect Leon Battista Alberti: I would have artists be convinced that the supreme skill and art in painting consists in knowing how to use black and white…because it is light and shade that make objects appear in relief.”Some of the paintings follow a chronological order: Coco as a young girl in simpler, reflective garb; Coco growing into her new concepts; the ultimate, complete Coco with strands of costume pearls and hats and accoutrements. And in each of these visits with the spirit of Coco Chanel, Cabellut seems to channel allthe emotion, drive and control of a woman who would alter the world in her unique way. Cabellut’s uncanny method of capturing the direct gaze of the Coco in her paintings as she peers at the viewer, while revealing the symbiosis of the fragility and strength that so characterized her controversial life, is one reason these paintings are so powerful. She brings to the canvas her perception of the Coco who is “queen of the moon, black, white, sharp and far away”. Compare the ‘informed innocence’ of Coco Numero 3 with the successful grandeur of Coco Numero 2, and Numero 14 with the mysterious, near masculine Coco Numero 6 – the portraits with dark glasses and averted glance ponderingthe fear of something that is hidden – and the virtuosity of Lita Cabellut is dramatically impressive. Just as Coco Chanel built her fashions, so Lita Cabellut builds her paintings. Working on large-scale canvases with oil and plaster on linen, she combines the visceral surface texture with passionate brushstrokes, a painterly technique that aims for emotional release instead of precise re-creation. Itis this approach to expressing the inner character that she brings to life.

It would be difficult indeed to imagine any other artist with as much access to the emotional life of Coco Chanel as Lita Cabellut. The artist honors the fashion gifts of the iconic figure of Coco Chanel but she doesn’t stop at surface appearances, just as Chanel’s inspirations came from intrinsic responses to her abandonment as a child, her courage to overcome the fashion concepts of her day, her balance between the fragility of her affairs and her determination to belong to no one, her transient defeat in the eyes of her public to her resurgence as one of history’smost important womenof business and of style. The Coco Chanel presented in this collection is a brew of the artist’s insight, similar life experiences and technical facility; this is what makes these magnificent paintings so substantial, so thrilling, so rich in psychological impact. In Coco’s words: Arrogance is in everything I do. It is in my gestures, the harshness of my voice, in the glow of my gaze, in my sinewy, tormented face”.

Women think of all colors except the absence of color. I have said that black has it all. White too. Their beauty is absolute. It is the perfect harmony.

Coco Chanel

 Biography for Grady Harp

Grady Harp is a champion of Representational Art in the roles of curator, lecturer, panelist, writer of art essays, poetry, critical reviews of literature, art and music, and as a gallerist. He has produced exhibitions and contributed to catalogue essays for the Arnot Art Museum in New York, the Fresno Museum of Art, the Laguna College of Art and Design, the Nevada Museum of Art, the National Vietnam Veterans Art Museum in Chicago, and the Cleveland State University Art Gallery and has served as a contributing artistic advisor for universities and colleges throughout California, in Berlin, in Madrid for the Centro Cultural de Conde Duque, and in Oslo. His collaborative exhibition with sculptor Stephen Freedman, WAR SONGS: Metaphors in Clay and Poetry from the Vietnam Experience toured the United States from 1996 – 1998. He has provided essays, chapters and introductions to numerous books such as the recent Powerfully Beautiful and 100 Artists of the Male Figure. He is the art reviewer for Poets & Artists magazine and the art historian for The Art of Man Quarterly Journal.


Lita Cabellut’s saving Memory

Lita Cabellut’s life contains all the ingredients that go to making a movie based on extremes.  Pain, distress, her childhood’s emotional shockwaves, her adolescent loneliness, then creative happiness, supreme emotion transposed onto the blank canvas surface, which transmuted pain into esthetic pleasure and into an obvious artistic success, based on an exceptional personal experience.  The […]

Lita Cabellut’s saving Memory

Lita Cabellut’s life contains all the ingredients that go to making a movie based on extremes.  Pain, distress, her childhood’s emotional shockwaves, her adolescent loneliness, then creative happiness, supreme emotion transposed onto the blank canvas surface, which transmuted pain into esthetic pleasure and into an obvious artistic success, based on an exceptional personal experience.  The intentional cracklings on the surface of her canvases recall her life’s background.  Her body of work is entirely based on memory, of intensely endured events in the Catalan artist’s life, who recreates them energetically.  They become authentic works of art, scenes filled to the brim with knowledge, whose figures bring intimacy ever closer inside the enclosed, reconstituted world of her paintings.  Lita Cabellut’s approach is close to that of Borges, who could bring back to life a lost civilization thanks to a library’s fragments.  Lita Cabellut’s work is intimately intertwined with the memory of an old area of Barcelona, El Rava, close to the port, La Boqueria on Las Ramblas and its Sant Antoni market, with its pickpockets, its strolling players, its clowns and of course its prostitutes.

The artist has rarely painted group scenes, but has devoted the main thrust of her research to recalling the characters that made up her own world.  To them she has devoted her tactile and mental emotions, creating an oeuvre that we recall with great happiness since it was born of immense pain.  However, her beginnings’ difficult pathway was far from being a flourishing road.  Abandoned at three months by a mother whom she only got to know when was eight years old, Lita Cabellut was brought up until then by a protective grandmother, so protective that she “spared” her going to primary school.  With an unknown father, a prostitute mother, belonging ethnically to Spanish gypsies, her future was none too promising.  Her grandmother died when she was eight, and she set off for the orphanage where she made up for her educational deficits and successfully passed all the stages, from primary and secondary studies, until she reached the Fine-Arts School in Amsterdam, one of the best-known in Europe.

Lita Cabellut was born in 1961, during those confused years, that Michel Ragon described as those of esthetic crises (2), when figures were reappearing in the vanguard dominated at that time by abstract art, and old-fashioned, visceral, quarrels. She was also born during those years when Francis Bacon’s work had conquered a whole generation of artists, fascinated by the cruelty seeping from his paintings.  Bacon, whose maturity and themes, viewed from the point of view of horror, and painted in acid hues, enhanced his ascension to the throne of European art. It would appear that these two events, or these two coincidences, were prematurely entrenched into Lita Cabbelut’s life and future art expressivity.  Of course, her assiduous visits to the Prado Museum in her early youth,  played a major part in Lita Cabellut’s decision, taken aged thirteen, to become a painter, after having long meditated on the works of Vélasquez, El Greco, Ribera, Fernando Galego, Goya, Hieronymus Bosch and Rembrandt. Three years later, her first exhibition took place.  The rest is history.

 

The awareness of what is most deeply entrenched in human beings, for someone in touch with her dreams, was to determine her choice of becoming a painter so as to write a new page in Spanish painting, entrenched within the splendor of innocence and the spontaneity of bitterness.  In the Prado, “Arthemise”, “Portrait of Rembrandt by himself”, fused and familiarized her experience with the works of the great Dutch masters.  Once school was over, all roads led to Amsterdam.  The specific links between Spanish and Dutch painting were close-knit.  Rembrandt fascinated her, not just by his painting but also through his vitality.  “However I loved life, with a madman’s frenzy.  Women and gold, art and suns, everything that shimmers and burns, everything that hides and murmurs, joys and bursts, tenderness and reflections, everything, everything.  With an equal passion, full bodied, tear-filled… With women’s flesh!” (3) And so began the acquaintance with that first-class star whose brightness is resplendent and with whose genius Cabellut was completely enthralled.  In a manner of speaking, Rembrandt pointed the way for all the paths leading to art followed by the Spanish artist.  As soon as you look at Lita Cabellut’s paintings, you can easily place her in the world of Spanish art, through  its tonalities, its expressivity and its typical chromatism.  All those convincing reds and blacks leave no doubt in the minds of those who follow contemporary art trends.

The Catalan artist confirms that Dutch paintings, more particularly those of Rembrandt, played an important part in her conception and understanding of painting.  But there are nonetheless two contemporary artists who hold a very special place in her creative inspiration, more specifically in her early days: on the one hand, Francis Bacon, the great British painter, who changed her outlook and opened up another direction, and on the other hand, a Spanish artist this time, in fact Antoni Tapies, more usually guided by his mathematical spirit and his abstract expressivity.  Cabellut often notes that she is mid-way between Rembrandt and Tapiès, ensuring a transitional bridge (4) between tradition and modernity. Her closeness to Tapies is due to the fact that the great Catalan’s artist work seems to overhear the world’s rumors.  It proves an ascetic mind aware of the imminence of revelation.  It also entails that non-space and non-time can at least produce art, but above all grasps the essential difference between zero and the awareness of zero. The key to Lita Cabellut’s work is none other than imagination, unveiling the phases of an intangible presence by means of red, black strokes, via a luminous blue, a light gray, that superimpose themselves on the tonal values and lead to a total explosion of pictorial emotion, regrouping the inseparable quartet of prostitutes’ heads, of musicians, generals or clowns.  But one could as easily summon up a succession of musicians, clowns, prostitutes, bearing an ever-increasing violent emotion.  Nobody is spared and its gentleness leads to a visible and hidden cruelty.

Lita Cabellut opens up a scale of restrained colors wherein shadings turn into solid colors.  But through powerful blacks and reds, she also obstinately creates a darkness, in which light is glimpsed thanks to multiple, unexpected spaces, emphasizing the suggestive power of her broad and free gesture, ever intact. The surface tension is extreme.  The eye hides or discovers it, a terrifying eye gazing skywards seeking a saving grace, far from decadence, violence and daily pain.  Inside a stratified universe, the intense pleasure of painting the human condition leads the artist to unknown horizons.  The stroke, in a broad, strong gesture with an unflagging brush, provides a comforting tonal richness whose determinism is strengthened the more the gesture sets aside the pictorial mass in favor of spatial breadth without predetermined limits.  Her art and her creative attitude can be understood as a series of actions that one sees and that one forgets: I see and I recall, I make and I understand.  In her canvases, Lita Cabellut does not emphasize story-telling , but she creates an art that jolts, creating a conceptual drama. Her portraits introduce us to a disillusioned world in which dreams connect us to the rough reality of a grimace synonymous with pain, a twisted face, a neurotic eye, sending us an unequivocal message: these images hide an interiorised volcano under a peaceful surface. Dramas of passing time, individual and human dramas, follow each other in a series of paintings that simultaneously reveal their provocative aspect, the underlying expressive eroticism of these deformed women wearing masks and the stigmata of urban life, enclosed within its coherence and its perplexity.  These scarred faces produce an intuitive style, filled with sensitivity.  The physiology of reactions by visual means demonstrate, so to speak, the meaningfulness and the essence of art through its transcendental rewriting of the human condition whose gravitas examine ideas of eternity, of grandeur, as well as those of ideals and tragedy.

 

In her prostitute series, Lisa Cabellut raises realism to the level of a reality, linked to the desire for expressing the violence her characters endure on a daily basis and which is then transmuted into an energy of survival, a willingness to appear on the threshold of the myth regarding the “oldest profession in the world”, as old as humankind.  Lita Cabellut paints her characters from memory.  They are like echoes, tangible reminders of her life in that mythical area of Barcelona, of those sailors and men seeking pleasure, replenishing themselves in other people’s warmth. She paints her characters in series and leaves herself open to the latent dangers of repetitiveness and monotony.  And yet there is none of this here.  The series open up like a world in miniature.  In the physical meaning of the word, Cabellut’s work is revealed as an interior force linking the spaces of the captive figures, creating new fields inside which the artist’s work appears in all its deliberate essence. The motives and energies carrying the artist’s reflection through these splendid and tragic figures with their imaginative automatism, are also un-hoped for cries seeking a return to morality, to the cradle, to normality, translated in intense and sensitive brushstrokes, providing us with a feeling of painting anchored in its solidity. Her broad strokes carry within them the vitality of the human body, the violence of a subjected body.  As for the parallel violence of the black and reds, she brings a vibration that breaks the space’s equilibrium with elements painted in unstable strokes, ensuring a feeling of constructed deconstruction.

Like counterpoints in music, the colors’ expressivity appears as reinforcement, magnificently responding to the themes’ globality, spontaneously emerging from intuition. Mysterious and rich, it is confirmed by means of emphatic and diluted tonal values, providing spaces to the intermediate tonalities that emphasize the balance, and lead their expressivity towards a tangible harmony. In the beginning, Lisa Cabellut at first adhered to an abstract expression that has evolved over time into a free figuration. That is how a composition, seemingly abstract, contains delightful little surprises of filigreed precision if one examines it in detail.  The most striking example is “Magdalen” (1999), which hides in the mists of a grayish landscape, gentle tonalities and transformed coloration.  Her admiration for Rembrandt, Vélasquez and other modernists, is therefore understandable since they painted abstract works with an apparent realism.  Her prostitutes’ series, with their descriptive emotional content, also have psychoanalytical attributes filled with cruelty, disfiguring the mirror image of an experience viewed through an existentialist mind-set.  In these images of women divided, self-isolated, anxious, depressive, with their distorted faces, we read not only a human expressivity, but also something else that comes from the heart and expresses disillusion (Pro Morbi, page 181), resignation (Pro Kalo, page 164), absence (Pro Maruja, page 167)…

Of course, it is important to underline the technique Lisa Cabellut uses, which is essential to grasp her artistic concept.  This particular technique lends the brushstroke a major role during the preparation of the surface, by provoking carefully wrought cracklings, the better to visualize the pictorial work as a block of reflective memory.  When I discovered her work for the first time, I wondered about her technical insufficiencies. It was only on visiting her studio in The Hague that I realized  it was in fact a masterful process to make the surface more actively a polygon of the artist’s memory, that she controls so as to amplify the visual strength of the artwork and endow it with its very essence. Thus Lisa Cabellut brings her language close to the individualistic and unique discourse through which communication between art and the viewer becomes a concrete and perceptible possibility of fragments of memory, midway between illusion and reality.

The “Prostitutes” series filled with the latent violence reflecting a sense of implication, wherein the stances, the busts and figures of the women are treated in such a way as to signal fear, an alarm-signal, a sign of distance, in order to better measure one’s own sensitivity, one’s own expression, and the echo of one’s own inner being.  The paintings have such a deep inner impact that no-one, no viewer, can get close to them and emerge unscathed.  The solitariness that marked her childhood and her adolescence has clearly left its marks.  The lack of warmth that opened up space to pain, and the lovelessness, are compensated by the violence and power of the created image, proportionate to the lack of affection.  In fact, Lita Cabellut paints a hidden violence that sends her back, through diversified forms, to her origins, in which suffers a woman’s body, a prostitute’s, an individual body’s as well as the entire universe. In the amazing and powerful “Flique” from 2006 (p.140), the form’s precision delineated with great expressivity, the face is modulated with a fine transparency,  emphasizing the sensitivity of the handling of broad black outlines, covered in successive and delicate layers of turquoise and brown toning down the power of the gray background.  Then, the sensitive touch of the red lips, confers serenity to the deep eyes with their singular, almost religious power.  The touch is lively, the coloring minimalist, overwhelming. Her “Senora Gomez”, 2006 (p.204) and “Senor Gomez”, 2006 (p.205), then “Sorprendido” (p.207) are painted on a gray ground, handled in broad gestures.  The heads’ gray outlines are highlighted in a transparent fine lilac and are a considerable size in order  to re-inforce their authority.  The tonal juxtaposition between crude colors, the  speaking mouth, the technical and premeditated subtleties of the crackling, adding a wild, barbaric and sublime presence, are proof of a genuinely inimitable style, combining the delicate know-how of light and shadow, with an approach towards color and its precise values. “Lita”, 2006 (page 183) is significant in that sense.  Painted from a high angle, with a few simple gestures and minimalist means, the décolleté has, along with the face, traces of crackling that endow the body with all of memory’s weightiness.  The closed eyes seem to inform us that this work is probably a self-portrait of the artist, announcing: “Here is Woman” instead of “Here is Man” (Ecce Homo).  By this means, the Spanish artist provides us with a stunning work, the genuine impact of the mystery it engenders being none other than the simplicity of her quivering flesh.  To preserve a living harmony with a picturesque appearance, heavy lips, a broad nose, Lita Cabellut dares to safeguard opposites that make up a whole! “Arjan-2”, 2006 (page 186), then “Regina”, 2006 (page 202), are painted with more limited means than “Lita”.  Seen from above, fore-shortened, they appear set free from restraints, from traditions, synthesizing the essential qualities of a sincere colorist and of the breathing form, touching.

Inside these portraits, we come across sensualists, gentle or wounded, severe military types, touchy and secretive, strolling players and clowns, smiling and sad-faced, meditative and inspired musicians, and finally good-time girls whose physical decline is over-emphasized. In each work, in each category of the groups, every figure is imbued with a power of observation under the beams of the human light,  that explains the particular attachment these works arouse. These portraits, wherein passions and emotions preserve their essential character, unveil their souls thanks to Lita Cabellut’s psychological insight.  None of her numerous character studies can leave us indifferent, be it  « Luciano », 2006 (page 38), « Woytila » (page 43), « Truman » (page 56), « Ron » (page 80), « Petra » (page 94), « Angela » (page 107), « Kanzlo » (page149), « Kula » (page 165), « Erendira (page 172), « Oscar » (page 210).  The artist lends little importance to the titles, allowing her entourage the pleasure of encoding the names accompanying the works, which she accepts with an obvious enjoyment. Lita Cabellut totally absorbed Rembrandt’s lesson, who used to say: “Making a portrait is to create a being, to become the equal of the Creator.  Very few artists understand that.  Even less the models.  A man, a woman, comes to my studio.  They bring me their weightiness, the vices of their mouths, their dodgy glances, ridiculous ears, and their skinflints’ or satyrs’ nostrils.  They bring me their watery humors, their make-up and their stigmata, their ugly humanity and above all, their base and immeasurable vanity”. (5) In fact, in her recent paintings from 2005 and 2006, object of this book, Lita Cabellut presents exclusively portraits, or rather four different series of close-up portraits.  First of all, a series of prostitutes and transvestites, a series of musicians, then of clowns and generals.  Must one insist on the separateness of these series?  Obviously not, since they were carried out by the artist in a precise ordainment.  There is also a certain similarity of places linking them and such a distinction would be purely artificial.  The creative gesture is not a nervous discharge, but a poetical act expressed by means of the bodies and the close-up portraits that the artist paints even as she is thinking about them. To perceive a face is to experience a shock that leaves us no time to look, unlike the way we examine an image.  Emmanuel Levinas (6) insists on the face’s characteristic vulnerability – the part of the human body that is the most naked and most exposed to violence.

 

Lita Cabellut manages in this group, in these series of grouped individualities, to underline the unity of the whole, a mixture of sadness, humility and dignity that appears in their souls’ outlook and challenge us, sensitive to the metaphysics surrounding these real or imaginary models. The wealth that transfigures these beings and refines them is the condition of the soul, which the artist is seemingly most interested in.  Whatever attitude she employs to express them within the measures of her means.  The faces of these characters seem to stretch upwards, heavenwards, but for Merleau-Ponty (7) : “Pure or impure, figurative or not, painting never celebrates another enigma but that of visibility”.  A prostitute, transvestites, Lita Cabellut paints them within their skewed corporal richness, in their ravaged or fruitful flesh.  These faces do not appear simply as love-machines, rumors, and aversion.  It is true that the Catalan painter treats them with an understandable deference, shifting their voluptuousness, joys and sentimental enjoyment into subject matter.  In her generals’ series, Cabellut also handles them in an offbeat manner, slightly uglified, because for Rembrandt those who revolutionized the world were ugly.  Whereas politicians and historians pretend that by means of violence we can ensure peace, the artist well knew that violence leads to nothing or else quite simply to tears, to unhappiness and to desolation.  From an era marked by abstract expressionism to free figuration, Lita Cabellut leads us into new paths, to new prowess.  Living a solitary adventure, isolated from the rest of the artistic community, she has forged her own place through her physical and creative independence, and the recognition of the critics and of the public allows her to create within an enduring serenity. In her work over the last two years, object of this book, the artist has created, through four series, paintings of a striking precision, with a vibrant unity, born of a true creative happiness, of a mental coherence and of a gestural freedom, based on a pictorially rich and original technique whose very essence can be called simultaneously poetry and melancholia. “Nevertheless, I do not know  what was attractive about that character, but I felt from the very first, that it was very simple to love…”(8)

 

Ante Glibota

Translated by Ann Cremin

 

 

NOTES

Art and Architectural Historian, Titulary Member of the European Academy for Arts, Sciences and Letters.

Robert Burton, Anatomie de la mélancolie, Ed. José Corti, Paris, 2000, p.11.

Michel Ragon, 25 ans d’art vivant, Ed. Galilée, Paris, 1986, p.297.

(3) Raul Mourgues, Rembrandt Kabbaliste, Ed. de la Baconnière, Neuchâtel, 1948, p.9.

(4) Conversations with the author in The Hague, January 3, 2007

(5) Raul Mourgues, op.cit. p.57

(6) Levinas, L’utopie de l’humain, Ed. Albin Michel, Paris, 1993, p.92.

(7) L’œil et l’esprit, Ed. Gallimard, Paris, 1964, p.26.

(8) Sade, Histoire de Juliette, Société Nouvelle des Editions Pauvert ,Paris, 1987.


Clutching the Light of the Moon

hroughout the history of art, there are certain artists who retain the power to project special insight into the very essence of human life. Lita Cabellut is one of them. Her art is a kind of performance, a way of seeing and interpreting realities not always made visible. Her special role is to discover those […]

Clutching the Light of the Moon

hroughout the history of art, there are certain artists who retain the power to project special insight into the very essence of human life. Lita Cabellut is one of them. Her art is a kind of performance, a way of seeing and interpreting realities not always made visible. Her special role is to discover those mysteries and contradictions that reside beneath the surface of the human face, to raise them to another level of consciousness, to reveal the person whose soul is submerged and imprisoned by the veneer of routine life. Thus, Cabellut’s paintings offer a means to liberate the soul, to free it from the chains of conformity that rigid societies may impose upon it.

In studying the expressive dark and light contours within her intensely imaginative portraits, we may pause to consider our relationship to these extreme physiognomies. What do they represent – art-as-art or art-as -life? Is there ultimately any difference between the two? Given that her approach to painting constitutes a kind of action-process, we may conclude that Cabellut’s art offers the viewer a signifier of feeling. Her paintings may appear to be art-as-art, but they are also representations of life, the inner-life that lingers beneath our everyday affairs and conversations. We may speak one way and act in opposition to the words we say. Cabellut’s portraits do not disguise these hypocrisies. They are embodied in her portraits. They represent both the heroic and inexcusable aspects of human behavior. Yet we see in these portraits the collision between tragedy and comedy, and the battered consequences of how human beings learn to contain their suffering. I am thinking of Cabellut’s recent portraits of Edith Piaf —the chanteuse behind “La vie en Rose” whose life tread a fine line between existence and exaltation, between reclusion and recovery, and between generosity and elegant self-containment. Much can be said about Piaf, but the words escape the heroic presence of these portraits. The words are enshrouded within the pigments, the whiteness of the face, the redness of the lipstick, the harrowing eyes that tell everything and make her face universal.

 

Allan Kaprow, the artist and inventor of Happenings in New York during the late fifties and sixties, used to separate art-like art from life-like art. Of course he had a particular idea that related to his observations of everyday life. Kaprow understood that mundane behavior and banal actions might be interpreted as forms of contemporary ritual, what he once called “non-theatrical performance.” His early Happenings opened a discussion on art and life from the perspective of the mundane. What interests me is how mundane expressions are given another kind of performance in the portraits of Cabellut. Instead of re-interpreting everyday life as a social ritual, she has chosen to transform the mundane into a conflicted, agonizing, yet often ecstatic adventure of seeing. She achieves this in her penetration of human beings who live on the fringes of the spirit and who go beyond the techno-lifestyles of magazine images and glamour. Her portraits are less distilled in their representation, less given to the task of theory, and less constrained in their outlook on the human condition. In contrast to the Zen pragmatism of Kaprow, Cabellut indulges in the metaphysical energies of everyday people. Her ability to aesthetically transform the human appearance through pigment is exemplary. While her style of painting borrows from expressionism, her medium is the phantasmagorical portrait. As a unique genre, Cabellut’s paintings stand in oblique relation to the figurations of Frances Bacon and Marlene Dumas. While intentionally different from these artists – whose existential concerns move in a different direction — Cabellut retains a sense of the intimate, a manner of painting that gives emphasis to the performative gesture. Collectively, she reveals the archetypal visage of our time. Each expression emanates from the trace of divergent cultures. At the same time, one can look at Cabellut’s faces as being outside of time. Her expressions range between poetic delicacy and an inscrutable ruggedness, particularly in the series called “Country Life” where the faces are clearly removed from the urban complex. Here the men and women carry their burdens in relation to the soil on which they trod. In the work of Cabellut, the presence of the human condition is really its absence. Her portraits constitute all that is missing on the surface; namely, the desire to go within the visage of the human temperament and to extract what is hidden. If you want the truth, go to the dark side. The dark side is the lost vestige of the soul, the secret soul, the soul that has forgotten how to speak, because it has temporally been displaced, somewhere in the ether.

 

In Cabellut’s paintings, we envision fragments of human souls, torn from their bodies, seeking consolation and forgiveness, seeking to know their worth and their place on the earth. There is a kind of historical memory in these paintings, the axis between the Netherlands and Spain, the axis between social, political, and economic strata, the affluent middle class and the souls of the street, bent on poverty, often beyond humiliation. Which ones are lost? Look at these faces (A La Mesa). They are lost together, wandering over the sea, all in the same boat, in the same galaxy, hovering around the stars, clutching the light of the moon, hoping for survival, for ecstasy, searching for redemption from the past, from history, hoping for the return of their souls from the dungeons to which they were once willfully condemned.  Painting for Cabellut is a matter of allowing her gestures to move throughout the space of the canvas. She indulges in a kind of “action painting”– as in making a performance, as in casting a spell upon her subjects who live the country life – Lalo, Rufino, Yesenia, Santos, Virgilio, Encarnita, Hendrick. In another mode, her “Broken Glass Heroes” distill the essence of wandering through inner-time and space, the lucky ones who understand the dark side, who have traveled into the light – Hernando, Pali, Ventura, Quique, Callegi, the white-faced Hylario, the grim-faced Modesto, and finally, Hipolite, the genius of the impenetrable who speaks incessantly. There are the prostitutes from an earlier period who live the hard life, and there are men who portray the solitude of the mind with blue-veined foreheads and ultra-pink, piercing eyes. There are Negros from Cuba, bold-faced and itinerant, yet stable within themselves, and mistresses of Goya, the subjects of the courageous painter who suffered the evil of lasting days over two centuries ago, and who uttered hope for the future of humankind. Cabellut’s ensemble of faces is destined to clutch the light of the moon. They are perennial faces that belong to the recalcitrant landscape, to the cities on fire, to the ghosts of the past. These are the souls that echo through the meadows and prairies, through the dark hills and solitary caves along the coastline of Andalusia. Some are separated from themselves, divided in their identity, and in search of better times or lost times. Others are given to desire as the human strain rebels against oppression, to engage the tempest, to succumb to bold adventures only to confess some glorious retribution, finally at peace with themselves.

As an International art critic, Robert C. Morgan has written hundreds of catalogs, essays, and reviews for artists worldwide. His writings have been translated in to seventeen languages. He is the author of Art into Ideas: Essays on Conceptual Art (Cambridge, 1996) and The End of the Art World (Allworth, 1998). He serves as an Editorial Consultant for The Brooklyn Rail and a Contributing Editor to Sculpture Magazine. He has an M.F.A. in Sculpture and a Ph.D. in Contemporary Art History. Parallel to his role as an art critic, Morgan is an artist, art historian, curator and poet. In 1999,he was given the first Arcale award for international criticism in Salamanca.

 


Agarrando la luz de la luna

Durante la historia del arte, ha habido artistas que han poseído el poder de proyectar una percepción especial sobre la esencia de la vida humana. Lita Cabellut es una de ellos. Su arte es una especie de “performance”, una manera de ver y interpretar realidades a menudo invisibles. Su papel es descubrir los misterios y […]

Agarrando la luz de la luna

Durante la historia del arte, ha habido artistas que han poseído el poder de proyectar una percepción especial sobre la esencia de la vida humana. Lita Cabellut es una de ellos. Su arte es una especie de “performance”, una manera de ver y interpretar realidades a menudo invisibles. Su papel es descubrir los misterios y contradicciones que residen justo debajo de la superficie de la cara humana, de llevarlos a un nuevo nivel de conciencia, revelar la persona quien tiene su alma sumergida y encarcelada por una capa superficial impuesta por la vida cuotidiana. Las pinturas de Cabellut ofrecen una vía de liberar el alma, romper las cadenas de conformidad que sociedades rígidas la imponen.

Mientras estudiamos los contornos expresivos de oscuridad y claridad dentro de sus retratos imaginativos, tomamos una pausa para reflexionar sobre nuestra relación con estas fisionomías tan extremas. ¿Qué representan? ¿Arte como arte, o arte como vida? ¿Hay alguna diferencia entre los dos? Dado que su técnica de pintura constituye un proceso-acción, podemos concluir que el arte de Cabellut ofrece al espectador una sugerencia de emoción. Sus cuadros pueden parecer como “arte como arte”, pero también son representaciones de la vida, la vida interior que deambula escondida en nuestras andaduras y conversaciones cuotidianas. A veces hablamos pero nuestros actos no son acordes con nuestras palabras. Los cuadros de Cabellut no disfrazan estas hipocresías. Las da cuerpo en sus cuadros. Representan lo heroico y también lo imperdonable del comportamiento humano. Vemos en estos cuadros la confrontación entre tragedia y comedia, y las consecuencias de cómo los humanos aprenden a contener sus sufrimientos. Pienso en los retratos recientes de Edith Piaf por Cabellut, la cantante detrás de “La vie en Rose”, y su vida que pendía entre existencia y exaltación, entre reclusión y recuperación, entre generosidad y una autocontención elegante. Se puede decir mucho de Piaf, pero las palabras no llegan a la presencia heroica de estos retratos. Las palabras están vestidos con pigmentos, la blancura de la cara, el rojo del pintalabios, los ojos horrendos que cuentan todo y hace que su cara es universal.

Allan Kaprow, artista y inventor de “Happenings” en Nueva York durante los finales de los 50s y 60s, separaba “art-like” arte (arte como arte) de “life-like” arte (arte como la vida). Desde luego tenía una idea particular que relacionaba a sus observaciones de vida cuotidiana. Kaprow entendió que comportamientos mundanos y acciones banales podrían estar interpretados como una forma de ritual contemporánea, al que llamó “non-theatrical performance” (performance no-teatral). Sus “Happenings “ iniciales abrieron un debate sobre arte y vida desde la perspectiva del mundano. Lo que me interesa es cómo expresiones mundanas están dadas otro tipo de “performance” en los retratos de Cabellut. En vez de re-interpretar la vida cuotidiana como un ritual social, ha escogido transformar lo mundano en una aventura de miradas llena de conflictos, agonizante, y aún a veces extática. Consigue este efecto con su penetración de seres humanos quienes viven al borde, en la frontera del espirito, quienes van más allá de los estilos de vida de imágenes en revistas y glamour. Sus retratos están menos sintetizados en su representación, menos dados a la tarea de teoría, y menos limitados en su perspectiva sobre la condición humana.

En contraste con el zen pragmático de Kaprow, Cabellut goce de la energía metafísica de gente de la calle. Su habilidad de transformar estéticamente la apariencia humana a través de pigmentos es ejemplar. Mientras su estilo de pintura hace referencia a expresionismo, su medio es el retrato fantasmagórico. Como una tipología única, los cuadros de Cabellut destacan en marcado contraste con las figuraciones de Frances Bacon y Marlene Dumas. Mientras intencionadamente diferente al trabajo de estos artistats—que tienen preocupaciones existenciales que van en una dirección distinta—Cabellut retiene un sentido del íntimo, una manera de pintar que da énfasis al gesto “performance”. En su conjunto, ella revela la cara arquetípica de nuestro tiempo. Cada expresión sale de la traza de culturas divergentes. Al mismo tiempo, uno puede considerar las caras de Cabellut como representaciones fuera del tiempo. Sus expresiones van desde una delicadeza poética hasta una dureza incuestionable, especialmente en la serie titulada “Country Life” (vida del campo) donde las caras están claramente separadas del complejo urbano. Aquí, los hombres y las mujeres llevan sus penas en relación a la tierra que pisan. En el trabajo de Cabellut, la presencia de la condición humana está en su ausencia. Sus retratos constituyen todo lo que está ausente en la superficie, mejor dicho, el deseo de ir dentro de la tez del temperamento humano y extraer lo que está escondido. Si quieres la verdad, irte al lado oscuro. El lado oscuro es el vestigio perdido del alma, la ánima secreta, el alma que se ha olvidado cómo hablar, porque ha sido desplazado temporalmente en algún lugar del éter.

En los cuadros de Cabellut, visionamos fragmentos de almas humanos, arrancados de sus cuerpos, buscando consolación y perdón, buscando entender su valor y lugar en el mundo. Hay una especie de memoria histórica en estos cuadros, el nexus entre Holanda y España, la conexión entre capas sociales, políticas y económicas, la burguesía acomodada y los olvidados de la calle persiguiendo pobreza, a menudo más allá de la denigración. ¿Quiénes son los perdidos? Mira estas caras (A La Mesa). Están perdidos juntos, vagando por el mar, todos en el mismo barco, en la misma galaxia, flotando sobre las estrellas, agarrando la luz de la luna, esperando sobrevivir, esperando éxtasis, buscando redención del pasado, de la historia, esperando la vuelta de sus almas de las cárceles donde han estado condenadas a voluntad.

Para Cabellut, la pintura es cuestión de dejar que sus gestos mueven por el espacio del lienzo. Goce de un tipo de “action painting”—como si hiciera un “performance”, como si pusiera un hechizo sobre sus sujetos que viven la vida del campo—Lalo, Rufino, Yesenia, Santos, Virgilio, Encarnita, Hendrick. En otro modo, su “Broken Glass Heroes” sintetiza la esencia de vagar entre el tiempo interior y el espacio, los elegidos que entienden el lado oscuro, quienes han viajado a la luz—Hernando, Pali, Ventura, Quique, Callegi, Hylario de la cara blanca, Modesto con una cara adusta, y finalmente Hipólito, el genio de lo impenetrable quien habla sin cesar. Hay las prostitutas de un periodo anterior que viven una vida dura, y los hombres que retratan la quietud de mente con frentes de venas azules y ojos ultra-rosas que penetran. Hay los negros de Cuba, con caras de valiente, itinerantes, al mismo tiempo estables dentro de si mismos, y amantes de Goya, los sujetos del pintor valiente quien sufrió el mal de días interminables hace dos siglos, y quien susurró esperanza para el futuro de la humanidad. El conjunto de caras de Cabellut está destinado a agarrar la luz de la luna. Son caras perennales que pertenecen al paisaje recalcitrante, a las ciudades en llamas, a las fantasmas del pasado. Estos son las almas que hacen ecos por las praderas y las llanuras, por las colinas oscuras y cuevas solitarias por la costa de Andalucía. Algunos están separados de si mismos, divididos en sus identidades, y en búsqueda de tiempos mejores o tiempos perdidos. Otros están entregados al deseo mientras la raza humana rebela contra opresión, para enfrentar la tormenta, para estar seducidos por aventuras atrevidas sólo para confesar una retribución gloriosa, finalmente en paz consigo mismos.

 

Robert C. Morgan, como critico de arte internacional, ha escrito cientos de catálogos, ensayos, y criticas para artistas mundialmente. Sus escritos han sido traducidos a 17 lenguas. Es el autor de Art into Ideas: Essays on Conceptual Art (Cambridge, 1996) y The End of the Art World (Allworth, 1998). Es consultor editorial para The Brooklyn Rail y un editor de Sculpture Magazine. Tiene un M.F.A. en escultura y un doctorado en Historia Contemporánea de Arte. En paralelo con su trabajo como critico de arte, Morgan es artista, historiadora de arte, comisario y poeta. En 1999 fue premiado con el primer premio Arcale para critica de arte en Salamanca.


El dramatico Gozo de estar vivo

El arte actual, asfixiado por un uso abusivo de la razón, ha perdido, en su mayor parte, capacidad de emocionarnos. Nos puede impresionar su ingenio, aburrirnos su pretensión de provocarnos y, perdidas las raíces de la gran tradición creativa, acabar perdiendo su contacto con la realidad, en su sentido más profundo. Por esto nos sorprende […]

El dramatico Gozo de estar vivo

El arte actual, asfixiado por un uso abusivo de la razón, ha perdido, en su mayor parte, capacidad de emocionarnos. Nos puede impresionar su ingenio, aburrirnos su pretensión de provocarnos y, perdidas las raíces de la gran tradición creativa, acabar perdiendo su contacto con la realidad, en su sentido más profundo. Por esto nos sorprende una pintura como la de Lita Cabellut. Robert C. Morgan ha observado, atinadamente, que a “los críticos siempre nos fascina el arte que nos conmueve, porque esa conmoción ante la obra de un artista no es algo que esperamos que suceda (…) Hay pocos artistas -continúa- que como Lita Cabellut posean ese don, esa propensión, esa gracia resplandeciente para trasladarnos al desconocido universo del espíritu”. No son muchos tampoco los críticos que, como Morgan, sepan o ver o que, viendo, manifiesten libremente lo que piensan en este sentido.

A Lita le interesa, la conmueve también, la imagen del ser humano, eso tan difícil de representar con credibilidad después de Picasso. Esa imagen no puede ser la misma que la ofrecida por la historia del arte a partir del Renacimiento, porque el hombre, a pesar de ser el mismo, ha cambiado en diversos niveles. Pero para que podamos hablar de un arte que resulte necesario, como el de Lita Cabellut, bajo la imagen del hombre o la mujer actuales se ha de revelar el ser humano visto en profundidad.

Su figura, aquí, es vista deshecha, como en desintegración o, por el contrario, en gestación, a medio hacer. Y acaso lo lúcido es considerar que ambas cosas, contradictorias, son ciertas. Los rasgos aparecen manchados, se nublan, llegan a borrarse en parte. Las formas giran, recuperando la primordial del círculo o del óvalo, cuyos valores simbólicos pueden refozar la sugestión de gestación. Los colores son oscuros y predominan los rojos de sangre y el negro, en distintos tonos. Y lo curioso es que podemos identificar, en los distintos cuadros, personalidades diferentes. Podría hablarse, incluso, de retratos. Retratos distintos y, a un tiempo, serie de imágenes que tienen un denominador común y nos hablan de las mismas angustias, los mismos temores y las mismas ansias y aspiraciones.

Hay, en estos extraordinarios lienzos de Lita Cabellut, una pugna. La vida, lo sabemos demasiado bien, es lucha, combate de principio a fin. El rojo es connotativo de vida en efusión, hacia la vida y hacia la muerte, y el negro, la negación absoluta, con la ambigüedad de todo lo que es verdaderamente profundo, que todo lo borra, para afirmar no sabemos qué. Esta artista lleva todo eso dentro, y necesita y sabe compartirlo. No porque lo pretenda en el momento de la creación, puesto que responde a un impulso que viene de muy adentro, de esa zona donde el yo no es distinto del todo.

Lita hace un arte muy personal, que resume, necesariamente, logros anteriores, como la disolución del lenguaje, la seriación de la imagen en una multiplicación que abre a la diversidad, una libertad que no es distinta a la obediencia a ese impulso interior. Pero todo eso puede hacerse de diferentes maneras. Para empezar hay que sentirlo. Ver que, efectivamente, el ser humano es o puede ser eso. Y verlo no sólo con la vista de la imaginación, sino con la vista penetrante que despierta cuando están en juego todas las potencias del ser. Y pintar en ese estado de gracia y de lucidez. No ver y luego pintar: sentir, con lucidez que quema, en una acción de pintar que nos hace ver. Algo que no es fácil de encontrar. Y hay que felicitarse de que Lita Cabellut, nacida en Barcelona, y de una larga y brillante carrera internacional, lo consigue.

 Jose Corredor Matheos


La perla Negra

El color negro puede brillar con un lustre tan intenso que llega a actuar como un espejo del alma. Uno puede mirar dentro de la perla negra y ver en ella indicios del sol y la luna suspendidos en el tiempo. Aquí uno encuentra el alma en transición, el lugar donde el significado desaparece temporalmente […]

La perla Negra

El color negro puede brillar con un lustre tan intenso que llega a actuar como un espejo del alma.

Uno puede mirar dentro de la perla negra y ver en ella indicios del sol y la luna suspendidos en el tiempo. Aquí uno encuentra el alma en transición, el lugar donde el significado desaparece temporalmente de la vista, donde la plaga del deseo material y los excesos termina en una seria enfermedad, una turbulencia de náusea que altera todo rastro de equilibrio espiritual. El dolor del placer, el incesante momento de Leidenschaft, o el dolor dentro de la pasión, constituye el peligroso viaje del alma en su búsqueda por rejuvenecerse, por regenerarse, y conseguir la luz retenida dentro de la oscuridad de la perla. El destino de los artistas puede cambiar de un momento a otro y enviar escalofríos a través de la espina dorsal rota; tal era la realidad para Frida, y sin lugar a dudas la metáfora para Diego. Los artistas saben –si es que son unos verdaderos artistas– que la pena de uno se transforma en una metáfora del otro. En el amor, uno percibe el dolor del otro aunque intente ocultarlo. Aquí es donde la negociación de la vida entra en el reino del absurdo, donde ocurren las cosas negativas sin ningún motivo aparente y donde la transposición del alma pasa de uno a otro antes de reconocer la pérdida. El aspecto de armonía que los artistas reclaman pero que tan raras veces encuentran se basa en asumir una cierta forma de pérdida. Cuando se produce una situación negativa sin razón alguna, existe vacilación y duda, existe el terror de perder todo lo que uno ha ganado, el socorro y la humillación de tener que empezar otra vez de nuevo, de estar obligado a volver sobre los pasos de uno en búsqueda de los trozos que cayeron a mitad del camino, y después lentamente empezar a reconstruir –ciegamente, despiadadamente– aunque las fuerzas de uno parezcan desaparecer. No existe arte sin el deseo de hacerlo. A medida que uno se ve rodeado de impostura y desencanto en el mundo material, el dilema del artista está siempre en desandar y reconstruir, en volver a poner las piedras y los fragmentos de nuevo en su lugar, en otro lugar y, quizás, en otro tiempo. El primo lejano del arte es la arqueología, ya que ambos pretenden encontrar los vestigios que convierten el alma humana en lo que es, independientemente del tiempo o de la era en la que nació o empezó a existir. Finalmente, la llegada de la arqueología avanza en un tiempo relativo, un edicto que el artista conoce implícitamente. La vida prosigue su camino, a pesar de la pérdida de arte, lenguas y civilizaciones a causa de las guerras, las enfermedades, las pestes, las hambrunas, los terremotos y las inundaciones. Las antiguas mareas continúan con su flujo y reflujo a través del tiempo mientras el artista/arqueólogo reconstruye con la esperanza de llevar el pasado hasta el presente. Desconsolada, la excavación continúa hasta que se descubre que la conciencia necesita la vida, y que la vida necesita aire para respirar. El alma necesita oxígeno para transmigrar más allá de lo efímero en el nacimiento de otro. Y de esta manera se hace patente que el tiempo es, en última instancia, un fenómeno que define el presente. La arqueología tiene límites. Las excavaciones para localizar objetos de otro tiempo y lugar pueden exigir una pausa o un intersticio. El pasado nos ha dejado en el lugar en el que nos encontramos, mientras el tiempo continúa abriéndose camino, incluso cuando nosotros nos detenemos durante un momento, incluso cuando decidimos qué hacer (Marcuse). No existe ninguna pregunta más importante de responder que saber qué contiene el momento, ni ningún otro argumento es más profético. La única aclaración necesaria es que nuestras vidas son esenciales, y que debemos continuar viviendo y amando, a pesar de todo lo que tenemos en contra. Cabellut reaviva las aspiraciones creativas del alma en un momento en el que muchos se ven seducidos por la apatía, la indulgencia sin sentido y la lasitud corpórea. Cabellut no necesita alucinaciones virtuales para dar a conocer su mensaje. Ella es una artista que habla largo y tendido, que recupera las sensaciones táctiles arrinconadas por la electrónica y que aboga por la supervivencia del alma humana. A medida que la vida continúa evolucionando, sus pinturas expresionistas pueden ser esquivas entre el abatimiento y la luz extática. En última instancia, ofrecen un mensaje que pretende renovar y rejuvenecer la vida dentro del tiempo presente.

Esta es la tercera ocasión en la que escribo sobre las pinturas de Lita Cabellut. En las tres me he encontrado con que el lenguaje queda sumergido dentro del inefable fundamento de su expresionismo. Las palabras sucumben ante la fuerza de sus figuraciones gestuales. Y eso tiene lugar en un momento en el que pocos artistas son capaces de escapar de las riendas del sacerdocio académico y del aliciente artificial de un mercado sin sentido que invierte en logotipos vacíos. Las estrategias promocionales se esparcen como brillante saliva en las páginas de las revistas y llenan las pantallas digitales con imágenes en aerosol y unos incesantes y anodinos textos. Muy pocas veces sus mensajes dan en el blanco. Rather they of cualquier dimensión táctil fuera del reino de su propia superfluidad virtual. Dentro de todo este patético cenagal, Cabellut ofrece su réplica rebelde –algo diferente, enigmático y provocativo– apartada de una avalancha sin sentido de nombres sin cuerpos. Su fecundidad expresionista ofrece una mente en ella misma, una celebración en honor de Diógenes en la que los retratos de Frida, Diego y Trotsky se muestran atormentados, suspendidos en sus galaxias egotistas al tiempo que se hacen eco de un relato premonitorio y predecible de la condición humana. Este relato es dado al exceso y al desencanto. Igual que sus antepasados expresionistas, Cabellut invierte sentimiento en aquello en lo que cree –aunque no un ego insaciable, sino preciso en relación con su tema.

Sus muchos retratos de La Perla Negra representan una contribución original a una historia alternativa del arte, diferente de todo lo aparecido desde que Magiciens de la terre se zambulló en su camino hacia un conocido y esterilizado terreno del arte en París en 1989 y suscitó unos recursos creativos procedentes de regiones desconocidas entre los varios continentes de nuestra aldea global. Yo veo los retratos de Cabellut no meramente como investigaciones psicológicas de una mujer, sino como momentos de vulnerabilidad cuando los seres humanos son más susceptibles, en su anhelo por encontrar un sentido de la verdad más allá de lo que el mundo material tiene por ofrecerles. En estas pinturas hay una vulnerabilidad y una modestia obsesionadas con la tristeza y el sacrificio, dadas a un viaje hacia la noche en el que solo Frida podría embarcarse. Ella es el tema de estas pinturas, y el personaje imaginado por la artista. Al estudiar las pinturas de Cabellut me vienen repentinamente a la memoria el escritor estadounidense Henry Miller y su libro The Time of the Assassins, un libro sobre el poeta simbolista francés Jean-Arthur Rimbaud. Al escribir sobre Rimbaud, Miller está escribiendo simultáneamente sobre él mismo. Rimbaud es un espejo de su propia realidad. Así pues, su narrativa va cambiando constantemente entre él como escritor/biógrafo y la realidad del poeta Rimbaud. Puede apreciarse una cierta disonancia, una incapacidad para centrarse de una manera precisa dada la intensidad de la emoción que Miller siente por Rimbaud, el joven poeta y revolucionario que abrió los corazones y las mentes de poetas y pintores de muchas generaciones posteriores a la suya y que luchó por encontrar un fundamento para su expresión modernista, una naciente puerta abierta hacia la conciencia a través de la cual pudieran resistir, producir y sobrevivir.

Cuando Cabellut pinta a Frida y a sus rivales masculinos aparece una sensación de complicidad ideológica y erótica entre los tres personajes. Cabellut es profundamente consciente de que existen unas enormes diferencias de personalidad entre el calculador intelectual ruso y el sombrío muralista postcubista, aunque Frida aspirara a alcanzar una cierta consolidación y comodidad si uno actuaba como complemento del otro. Pero claramente no era nada sencillo. La vida no avanza de una manera tan fácil. En la pasión sincera existe violencia. Trotsky y Diego no estaban de acuerdo. Aunque su punto de partida fuera el revisionismo marxista, su némesis se convertiría inevitablemente en su mutuo objeto del deseo –Frida Kahlo.

Con el tiempo –cansada de las propensiones quisquillosas, la formidable retórica y los empalagosos modales de Leon–, Frida volvería a la domesticidad dominante del mimoso Diego, su panzudo y pueril cónyuge. Aunque existían pocas dudas sobre el hecho de que los tres vectores estaban de acuerdo en la dirección ideológica de la cultura de masas, el juego latino estaba contra ellos con una fuerza moderada. Diego se volvió oportunista en su etiquetaje del marxismo, e incluso llegó a cruzar el umbral de la riqueza capitalista. Por desgracia, su conflicto era muy claro para todos los demás. En realidad, terminó siendo abrumadoramente transparente. A Diego le encantaba ser colmado de atenciones como pintor revolucionario en América, mientras que Frida derrochaba comprando elegantes vestidos y asistiendo a lujosas comidas y se complacía insultando a las insulsas y superficiales esposas de ricos maridos caucásicos. Mientras tanto, el hecho de que Diego abrazara la industria americana –antiguamente asociada al saqueo del capitalismo avanzado– confundió a muchos de sus seguidores mejicanos en su país. Su caótica retórica marxista, ya fuera en inglés o en español, no hizo más que sumarse a todo el barullo. Y entre todo ello, Frida consiguió permanecer al margen mientras fingía su servil posición desde el interior. Aunque intensamente elocuente en sus simpatías con la intelectualidad marxista, ella nunca renunció a su deseo íntimo de llegar a ser una artista (algo que Trotsky no podía entender). Servir como factótum del socialismo real quedaba más allá de la última de sus ambiciones. Con poco más de cuarenta años, Frida ya se había sometido a unas treinta operaciones para aliviar el dolor que le producía la mutilación que había sufrido como consecuencia de un terrible accidente de tranvía en su adolescencia. A partir de este momento, su necesidad más acuciante fue su búsqueda para descubrir la verdad de su existencia. Su medio era la pintura, y principalmente los autorretratos, que le permitía confesar su pesar, su dolor y su soledad sin culpa. Mientras tanto, Diego proseguía con su flirteo sin sentido, y ella empezó a tomar represalias. Trotsky era una estratagema idónea para tenérselas con su mentiroso y falso marido, pero no podía durar. Seguía sintiéndose emocionalmente dependiente de Diego, algo que nunca pudo admitir. A pesar de la vacuidad resultante de estas arduas relaciones, sus maneras hieráticas, su dignidad aristocrática y su belleza doliente permitieron que Frida Kahlo posara como una elegante matrona ataviada con trajes autóctonos y tintineantes brazaletes, y con ello surgir como un radiante símbolo de la liberación. Esta asimilación no era precisamente el destino que ella había esperado, y Frida continuó con su lucha por llegar a ser reconocida como artista, igual que Diego. Durante un período de intenso conflicto ideológico y de compleja transición política, y mientras Méjico avanzaba vacilando en su búsqueda de la democracia, Frida se estaba convirtiendo rápidamente en la ídolo de su pueblo.

Las pinturas de Lita Cabellut emiten una resonancia honesta y apasionada representativa de Frida en las que revela el dolor psíquico y físico de su tema como artista y como mujer. Sobre la base de estas pinturas sumamente descriptivas y emocionalmente cargadas, parecería que Cabellut siente una empatía considerable por su tema, que desea identificarse en cierto nivel o de alguna manera con Frida, a modo de personaje. Impresa sobre una fotografía de una calavera humana cubierta de brillantes orquídeas, leemos una concesión de Cabellut: “Este libro no contiene un retrato de Frida Kahlo. Es la fascinación y la admiración, y quizás también el deseo, por almas como ella.” Mientras nos detenemos a observar sus pinturas, vemos a Frida en muchas posturas, casi siempre vistiendo trajes tradicionales, inmaculada con flores en el pelo. No obstante, también hay excepciones, como por ejemplo cuando posa como una rockera punk en la frontera de la androginia –como un muchacho, huraña, tranquilamente desesperada por moverse mientras pasa de un estado del Ser a otro. Hay una pintura en la que las manos de Frida cubren su cara con el contorno de una calavera inscrito sobre esta. En otra, ambas manos ocultan su cara como si quisieran dejar el mundo fuera por miedo a que su cuerpo atormentado y su liberación de emoción sean algo excesivo como para exponerlo a la vista de los demás. En otra, el torso desnudo de Frida aparece vendado para sujetar su espina dorsal con los brazos extendidos como si se encontrara en un estado de súplica. En el catálogo, esta pintura se exhibe al lado del gigante de Goya cruzando el horizonte oscurecido, una de las grandes pinturas negras, y sí, aquí somos conscientes de la perla negra en toda su fuerza. Aquí Frida aparece desinteresada, como si renunciara a todas las defensas y preparada para ofrecer una súplica de protección para ella misma y para los demás.

A medida que Frida se convertía en la mujer modernista del siglo XX que Carlos Fuentes designó como una encarnación simbólica de la lucha de Méjico por la liberación, ella continuó alineándose con las pasiones del pueblo. Al mismo tiempo, ella luchaba con un estilo de vida rodeado de realidades materiales en conflicto con sus pasiones espirituales y carnales. Ella creía en sus pasiones no tanto como católica o como judía y más por lo que observaba a través de su propia experiencia. Como observadora apasionada, Frida era consciente de la violencia latente en los rituales más habituales de la vida diaria, incluyendo la violencia que había dañado gravemente su joven cuerpo. Pero ella creía en sí misma como mujer rodeada del aleatorio destino de la naturaleza. En última instancia, la naturaleza terminó convirtiéndose en la fuente de su pasión, un destello de luz dentro de su solitaria existencia, ya que vivió la mayor parte del tiempo en una oscuridad pensativa y angustiosa. A pesar de sus inclinaciones aristocráticas, Frida encontró su identidad en la naturaleza. Se inspiraba en la gente normal y confiaba en los valores transmitidos por la tierra que pisaban y que trabajaban a diario de sol a sol. El ejemplo de estas personas le aportó consuelo y le dio el coraje para aceptar la vida frente a la muerte. Ella nunca renunció a su creencia en el potencial para transformar la vida. Dentro de sus conflictos profundamente sentidos, ella sublimó valientemente sus emociones y con ello descubrió la fertilización de las ideas que le atribuyeron poderes como artista. Al hacerlo, Frida se convirtió en un símbolo de la resistencia espiritual –tanto estética como política– al enfrentarse a las fuerzas de la oscuridad que conspiraban contra la libertad en su tierra natal y, en consecuencia, contra la gente que creía en ella.

Cabellut reconoce su motivación por pintar a Frida menos como un retrato y más como una “fascinación y admiración”, con el alma de la artista vagando en oposición al gigante de Goya cogiendo almas en cautiverio a lo largo del curso de la historia. La intención de Cabellut como artista es poner de manifiesto el alma de la artista como una fuerza de resistencia y transformación implicada en la vida, poseída por la indulgencia y el comedimiento según la prerrogativa de la artista. Tal como lo revela Cabellut, Frida era una artista cuyos sentimientos se movían fácilmente entre el pensamiento consciente e inconsciente, lo cual la motivaba a vivir y a pintar. Algunos la llamaban surrealista, pero esta es una etiqueta que, en cierto modo, no encaja. Puede resultar difícil aceptar que Cabellut estaría interesada en pintar la cara de una surrealista en la que los pensamientos se encuentran en la mente y no en el cuerpo. Para Cabellut, Frida era una expresionista tal como lo es ella misma, una artista cuyo cuerpo proyecta pensamiento en lugar de esconderlo o contenerlo. Así pues, Cabellut imagina la vida y la muerte de Frida Kahlo en términos de alegoría –una mujer muy fuerte implicada como artista, como ser creativo y como antagonista con la mediocridad que percibe en el mundo de cada día. En ese sentido, Kahlo funciona como una especie de existencialista heroica –un homólogo filosófico del expresionismo (también evidente en las últimas esculturas del suizo Giacometti)–, como una mujer atrapada en la telaraña de convertirse en artista y, al mismo tiempo, enfrentarse a las realidades de una mujer que lucha persistentemente por tener una identidad en un mundo al cual se siente contraria. La escritora y feminista francesa Simone de Beauvoir reconocía que a menudo se sentía superada por la “fuerza de la circunstancia”, es decir, los términos de la historia que no se acomodan fácilmente a la causa de la autoliberación.

Ya sea estética o poéticamente, las pinturas más recientes de Cabellut se concentran en Frida Kahlo al tiempo que dan una importancia periférica a los papeles duales de su marido, Diego Rivera, y de su amante revisionista marxista, Leon Trotsky. Tal como es bien sabido, Trotsky terminó siendo víctima de un asesino estalinista en Méjico, pero lo que no está nada claro es el impacto o el efecto que este asesinato tuvo en Frida. A pesar de sus sentimientos hacia Trotsky, esta ambigüedad puede llegar a sugerir que el objetivo autodeterminado de la artista no estaba tan interesado en la política como en encontrar su camino como artista. También se trataba de afirmar su dignidad como mujer ante las aventuras de Diego. En la serie de pinturas que forman la parte principal de esta exposición, Frida aparece obsesivamente en multitud de poses, incluyendo retratos en varios estados de absorbimiento, angustia o discapacidad física, que indican la fatiga del cuerpo y de la mente, o bien de agotamiento no solo con la vida sino, algunas veces, incluso con el arte. Su lucha por seguir adelante era más que una obsesión y más profunda que simplemente una oposición al mundo que la rodeaba. Era más bien lo contrario. Estaba poniendo su vida en orden e intentaba descubrir la premisa emocional en la que la vida y el arte están inextricablemente unidos el uno al otro, como en la intimidad de su jardín entre sus plantas tropicales y sus loros, cóndores y cacatúas de brillantes colores, interactuando con el espacio solitario de la pintura.

En la obra de Cabellut existe una reiteración de esta premisa no solo a través de la lucha, sino también a través de un deseo de resolución en el que los artistas se convierten en los herederos legítimos de su historia, una premisa conectada de una manera esencial con el concepto de Shelley según el cual los poetas son “los legisladores no reconocidos de su tiempo” –en el sentido del presente, ya sea ahora o entonces. También puede referirse a la misma configuración de fuerzas que reconstruirían este escenario del presente en otro lugar y en otro tiempo. Es claramente este segundo sentido el que Cabellut tiene en mente. El futuro de Kahlo es el tiempo presente para Cabellut, y así, su presente será el futuro de lo que ocurra también a otros artistas. La lucha es perenne e ineludible. Continúa ya sea involuntariamente o por éxtasis, según el caso, pero es básicamente debida a la “fuerza de la circunstancia,” ya se aplique a de Beauvoir o a Frida Kahlo. En cuanto a Cabellut, podemos entender esta lucha a través de sus pinturas. Estas se convierten en su medio para comunicar la condición humana de la que Frida se sentía alienada y con la que a la vez estaba conectada, y a la que dedicó su abreviada vida intentando explicar. A través de todo este lenguaje, debería considerarse que las pinturas que inspiran estas palabras son lo que se convierte en la cuestión. Todo deriva esencialmente de la estética de la experiencia al observar y sopesar la cara de la experiencia, en este caso la cara de Frida. Como serie de pinturas, La Perla Negra de Cabellut es un logro extraordinario que arroja una trémula luz de verdad sobre el significado del arte en el siglo XXI, una luz trémula que va más allá de las rutinas seculares que nos enmarañan en nuestra engañosa realidad virtual. Explicar el alma de Frida a través del ojo o la mente o bien a través de la imaginación de Lita Cabellut es una experiencia muy fuerte e implacable, quizás una experiencia curadora. No importa si uno escoge sentirlas o entenderlas, son unas pinturas dignas de nuestro tiempo.

Robert C. Morgan vive en Nueva York y es crítico, comisario, conferenciante, poeta y artista ocasional reconocido internacionalmente. El profesor Morgan fue el primer crítico en recibir el premio Arcale de Salamanca (1999) y posee un máster en arte de estudio y un doctorado en estética e historia del arte. Además de sus muchos libros y de su interminable lista de ensayos, Morgan es profesor visitante de Bellas Artes en el Pratt Institute de Brooklyn y consultor editorial de The Brooklyn Rail and Asian Art News de Hong Kong.


La infinita galeria de rostros

Los personajes de Lita Cabellut son tan reales como abstractos. Los rasgos y los gestos pueden hacernos pensar en personas concretas que conocemos. Y, sin embargo… Son siempre un mismo rostro: el rostro único del ser humano, visto desde distintos ángulos y actitudes, de acuerdo con las que se suponen situaciones diferentes. La figura humana […]

La infinita galeria de rostros

Los personajes de Lita Cabellut son tan reales como abstractos. Los rasgos y los gestos pueden hacernos pensar en personas concretas que conocemos. Y, sin embargo… Son siempre un mismo rostro: el rostro único del ser humano, visto desde distintos ángulos y actitudes, de acuerdo con las que se suponen situaciones diferentes.

La figura humana tiene el significado de símbolo del cosmos. Puesto que es el ser humano quien se pinta a sí mismo, la atención, centrándose en su imagen, sintetiza todo lo que le envuelve y representa. Se trata de algo irrenunciable y en lo que el artista termina por incidir, sea o no explícito.

Desde hace algunos años, Lita Cabellut va realizando una galería de rostros que se adivina infinita. Lo que atrae e inquieta, y angustia también, al ser humano es esa profundidad inalcanzable. Pinta todos esos rostros desde su propio interior, que se diría que es la única vía de hacerlo. ¿Falta perspectiva de este modo? ¿Podemos conocernos mirándonos a los ojos con nuestros mismos ojos? Las cosas, vistas con profundidad, son difícilmente expresables, porque el lenguaje está para perdernos.

El desdoblamiento es inevitable. No se trata, necesa-riamente, de una vía esquizoide. La artista, más que verlas, siente estas cabezas dentro de sí. Cada uno de nosotros encierra, en un plano muy directo, sin tener que pensar en un posible símbolo, todos los sentimientos y situaciones humanas, internas y externas, posibles. Goethe lo vio claro. Pero, a un tiempo, Lita Cabellut, cuando pinta estas cabezas lo hace con la suya en otro ámbito: sería difícil decir dónde. En todo caso, donde la creación artística es posible.  Estas cabezas son distintas: serias unas; con muecas indefinibles otras; la mirada centrada en nosotros muchas de ellas, o puesta en la lejanía aquellas otras; atenazadas, tal o cual, por la angustia o el terror… Y, sin embargo… Todos estos rostros los va contemplando, según surgen, desde un punto que no se corresponde con ninguna coordenada espacio-temporal. Y, aunque con cierta distancia, se siente angustiada, anhelante, aterrada, o acaso ilusionada en algo indefinible, sin dejar de ser, a un tiempo, ella misma. Y, en otro plano, es Lita Cabellut, creadora que asiste al nacimiento de unas criaturas que van surgiendo de una zona muy profunda de su interior, del que ella, más que responsable, es privilegiada espectadora.

La gama cromática es aceptadamente limitada. Es la que corresponde al ámbito en que parecen vivir los personajes. Negros, ocres, tonos tostados, algunas notas de rojo, unas pocas pinceladas verdosas, unos morados surgidos de la fusión de varios colores… Reflejan, connotan, estados interiores, que no son, necesariamente, de la artista, sino de los propios personajes. Rasgos y cromatismos personifican a cada uno de ellos. Era fácil que tan larga galería de cabezas, de rostros, indujera a repeticiones, a que pudiéramos pensar que se trata de variaciones de una misma cabeza, de un mismo rostro. No es así, de ningún modo. Cada uno de estos seres podrían tener nombre y apellido. No se trata de tipos, ejemplares genéricos cada uno de los cuales identifica a muchos otros ejemplares. Son individuos perfectamente reconocibles, que Lita Cabellut ha descubierto desde la proximidad y la lejanía de su mirador.

La composición y el desplazamiento de la pincelada nos habla de fragmentación. Vivimos en un mundo profundamente escindido: externa e internamente. La pintora refleja lo que ve. Y, siendo tan distintos estos rostros, son, si queremos verlo así, un rostro único. Pero no el primordial de un mítico ser humano, sino el que cabe ver como en el estadio final de un mundo. La fragmentación, la desintegración, la angustia, desolación o temor, son los propios de una gran crisis. Esto no les confiere, sin embargo, un aire de familia. En todo caso, la posible o imposible familia humana está tan desunida y deshecha como reflejan estos rostros. Los trazos, aunque sean continuos, evolucionan respondiendo a impulsos contradictorios. Es cierto que tienden al círculo, la figura perfecta, símbolo universal que participa de la perfección, símbolo asimismo del mundo invisible y trascendente. Pero podemos advertir con claridad que no llegan a configurarlo.

Lita Cabellut pinta lo que ve situada en los límites del lenguaje. Es decir, en los límites de lo conocido, donde el lenguaje no nos sirve como en el nivel cotidiano. De ahí que su lenguaje plástico sea como es, mostrando su incapacidad expresiva, pero sirviéndose de él de otro modo al habitual. El símbolo, en ese punto, es inevitable, si se sabe verlo. Lita Cabellut, como todo verdadero artista, siente ansia de absoluto. Su pintura respira necesidad de trascendencia y, por ello, estando aquí, rodeada de sus personajes, tan reales e irreales como nosotros mismos, ve también su mundo, nuestro mundo, desde fuera. De este modo es como puede darlo en su desintegración y en su pareja ansia de recuperar una mítica, y, por lo tanto, verdadera unidad que se supone perdida, pero que tenemos acaso al alcance de la mano. Aunque, sin embargo… Esta valiosa artista continúa su exploración, con la atención puesta, a un tiempo, en el exterior, aquello que le envuelve, y en su interior. Y su pintura tiene gran profundidad porque sabe ver que, para una mirada penetrante, no hay diferencia entre los dos ámbitos. Descorrido el velo, el mundo exterior, supuestamente real, cotidiano, y el interior, por el que navega, no de manera virtual, sino real, en el más hondo de los sentidos, se revelan uno solo. Y esta mirada es lo que ella espera del espectador, para que pueda percibir lo que trata de decirnos.

 

josé corredor matheos, barcelona,

diciembre 2006

Poeta, Premio Nacional de Poesía del año 2005, España