El dramatico Gozo de estar vivo

El arte actual, asfixiado por un uso abusivo de la razón, ha perdido, en su mayor parte, capacidad de emocionarnos. Nos puede impresionar su ingenio, aburrirnos su pretensión de provocarnos y, perdidas las raíces de la gran tradición creativa, acabar perdiendo su contacto con la realidad, en su sentido más profundo. Por esto nos sorprende una pintura como la de Lita Cabellut. Robert C. Morgan ha observado, atinadamente, que a “los críticos siempre nos fascina el arte que nos conmueve, porque esa conmoción ante la obra de un artista no es algo que esperamos que suceda (…) Hay pocos artistas -continúa- que como Lita Cabellut posean ese don, esa propensión, esa gracia resplandeciente para trasladarnos al desconocido universo del espíritu”. No son muchos tampoco los críticos que, como Morgan, sepan o ver o que, viendo, manifiesten libremente lo que piensan en este sentido.
A Lita le interesa, la conmueve también, la imagen del ser humano, eso tan difícil de representar con credibilidad después de Picasso. Esa imagen no puede ser la misma que la ofrecida por la historia del arte a partir del Renacimiento, porque el hombre, a pesar de ser el mismo, ha cambiado en diversos niveles. Pero para que podamos hablar de un arte que resulte necesario, como el de Lita Cabellut, bajo la imagen del hombre o la mujer actuales se ha de revelar el ser humano visto en profundidad.

Su figura, aquí, es vista deshecha, como en desintegración o, por el contrario, en gestación, a medio hacer. Y acaso lo lúcido es considerar que ambas cosas, contradictorias, son ciertas. Los rasgos aparecen manchados, se nublan, llegan a borrarse en parte. Las formas giran, recuperando la primordial del círculo o del óvalo, cuyos valores simbólicos pueden refozar la sugestión de gestación. Los colores son oscuros y predominan los rojos de sangre y el negro, en distintos tonos. Y lo curioso es que podemos identificar, en los distintos cuadros, personalidades diferentes. Podría hablarse, incluso, de retratos. Retratos distintos y, a un tiempo, serie de imágenes que tienen un denominador común y nos hablan de las mismas angustias, los mismos temores y las mismas ansias y aspiraciones.

Hay, en estos extraordinarios lienzos de Lita Cabellut, una pugna. La vida, lo sabemos demasiado bien, es lucha, combate de principio a fin. El rojo es connotativo de vida en efusión, hacia la vida y hacia la muerte, y el negro, la negación absoluta, con la ambigüedad de todo lo que es verdaderamente profundo, que todo lo borra, para afirmar no sabemos qué. Esta artista lleva todo eso dentro, y necesita y sabe compartirlo. No porque lo pretenda en el momento de la creación, puesto que responde a un impulso que viene de muy adentro, de esa zona donde el yo no es distinto del todo.

Lita hace un arte muy personal, que resume, necesariamente, logros anteriores, como la disolución del lenguaje, la seriación de la imagen en una multiplicación que abre a la diversidad, una libertad que no es distinta a la obediencia a ese impulso interior. Pero todo eso puede hacerse de diferentes maneras. Para empezar hay que sentirlo. Ver que, efectivamente, el ser humano es o puede ser eso. Y verlo no sólo con la vista de la imaginación, sino con la vista penetrante que despierta cuando están en juego todas las potencias del ser. Y pintar en ese estado de gracia y de lucidez. No ver y luego pintar: sentir, con lucidez que quema, en una acción de pintar que nos hace ver. Algo que no es fácil de encontrar. Y hay que felicitarse de que Lita Cabellut, nacida en Barcelona, y de una larga y brillante carrera internacional, lo consigue.

 Jose Corredor Matheos