La infinita galeria de rostros

Los personajes de Lita Cabellut son tan reales como abstractos. Los rasgos y los gestos pueden hacernos pensar en personas concretas que conocemos. Y, sin embargo… Son siempre un mismo rostro: el rostro único del ser humano, visto desde distintos ángulos y actitudes, de acuerdo con las que se suponen situaciones diferentes.
La figura humana tiene el significado de símbolo del cosmos. Puesto que es el ser humano quien se pinta a sí mismo, la atención, centrándose en su imagen, sintetiza todo lo que le envuelve y representa. Se trata de algo irrenunciable y en lo que el artista termina por incidir, sea o no explícito.

Desde hace algunos años, Lita Cabellut va realizando una galería de rostros que se adivina infinita. Lo que atrae e inquieta, y angustia también, al ser humano es esa profundidad inalcanzable. Pinta todos esos rostros desde su propio interior, que se diría que es la única vía de hacerlo. ¿Falta perspectiva de este modo? ¿Podemos conocernos mirándonos a los ojos con nuestros mismos ojos? Las cosas, vistas con profundidad, son difícilmente expresables, porque el lenguaje está para perdernos.

El desdoblamiento es inevitable. No se trata, necesa-riamente, de una vía esquizoide. La artista, más que verlas, siente estas cabezas dentro de sí. Cada uno de nosotros encierra, en un plano muy directo, sin tener que pensar en un posible símbolo, todos los sentimientos y situaciones humanas, internas y externas, posibles. Goethe lo vio claro. Pero, a un tiempo, Lita Cabellut, cuando pinta estas cabezas lo hace con la suya en otro ámbito: sería difícil decir dónde. En todo caso, donde la creación artística es posible.  Estas cabezas son distintas: serias unas; con muecas indefinibles otras; la mirada centrada en nosotros muchas de ellas, o puesta en la lejanía aquellas otras; atenazadas, tal o cual, por la angustia o el terror… Y, sin embargo… Todos estos rostros los va contemplando, según surgen, desde un punto que no se corresponde con ninguna coordenada espacio-temporal. Y, aunque con cierta distancia, se siente angustiada, anhelante, aterrada, o acaso ilusionada en algo indefinible, sin dejar de ser, a un tiempo, ella misma. Y, en otro plano, es Lita Cabellut, creadora que asiste al nacimiento de unas criaturas que van surgiendo de una zona muy profunda de su interior, del que ella, más que responsable, es privilegiada espectadora.

La gama cromática es aceptadamente limitada. Es la que corresponde al ámbito en que parecen vivir los personajes. Negros, ocres, tonos tostados, algunas notas de rojo, unas pocas pinceladas verdosas, unos morados surgidos de la fusión de varios colores… Reflejan, connotan, estados interiores, que no son, necesariamente, de la artista, sino de los propios personajes. Rasgos y cromatismos personifican a cada uno de ellos. Era fácil que tan larga galería de cabezas, de rostros, indujera a repeticiones, a que pudiéramos pensar que se trata de variaciones de una misma cabeza, de un mismo rostro. No es así, de ningún modo. Cada uno de estos seres podrían tener nombre y apellido. No se trata de tipos, ejemplares genéricos cada uno de los cuales identifica a muchos otros ejemplares. Son individuos perfectamente reconocibles, que Lita Cabellut ha descubierto desde la proximidad y la lejanía de su mirador.

La composición y el desplazamiento de la pincelada nos habla de fragmentación. Vivimos en un mundo profundamente escindido: externa e internamente. La pintora refleja lo que ve. Y, siendo tan distintos estos rostros, son, si queremos verlo así, un rostro único. Pero no el primordial de un mítico ser humano, sino el que cabe ver como en el estadio final de un mundo. La fragmentación, la desintegración, la angustia, desolación o temor, son los propios de una gran crisis. Esto no les confiere, sin embargo, un aire de familia. En todo caso, la posible o imposible familia humana está tan desunida y deshecha como reflejan estos rostros. Los trazos, aunque sean continuos, evolucionan respondiendo a impulsos contradictorios. Es cierto que tienden al círculo, la figura perfecta, símbolo universal que participa de la perfección, símbolo asimismo del mundo invisible y trascendente. Pero podemos advertir con claridad que no llegan a configurarlo.

Lita Cabellut pinta lo que ve situada en los límites del lenguaje. Es decir, en los límites de lo conocido, donde el lenguaje no nos sirve como en el nivel cotidiano. De ahí que su lenguaje plástico sea como es, mostrando su incapacidad expresiva, pero sirviéndose de él de otro modo al habitual. El símbolo, en ese punto, es inevitable, si se sabe verlo. Lita Cabellut, como todo verdadero artista, siente ansia de absoluto. Su pintura respira necesidad de trascendencia y, por ello, estando aquí, rodeada de sus personajes, tan reales e irreales como nosotros mismos, ve también su mundo, nuestro mundo, desde fuera. De este modo es como puede darlo en su desintegración y en su pareja ansia de recuperar una mítica, y, por lo tanto, verdadera unidad que se supone perdida, pero que tenemos acaso al alcance de la mano. Aunque, sin embargo… Esta valiosa artista continúa su exploración, con la atención puesta, a un tiempo, en el exterior, aquello que le envuelve, y en su interior. Y su pintura tiene gran profundidad porque sabe ver que, para una mirada penetrante, no hay diferencia entre los dos ámbitos. Descorrido el velo, el mundo exterior, supuestamente real, cotidiano, y el interior, por el que navega, no de manera virtual, sino real, en el más hondo de los sentidos, se revelan uno solo. Y esta mirada es lo que ella espera del espectador, para que pueda percibir lo que trata de decirnos.

 

josé corredor matheos, barcelona,

diciembre 2006

Poeta, Premio Nacional de Poesía del año 2005, España